Simón Bolívar LA ESPERANZA DEL U N I V E R SO Introducción, selección, notas y cronología de J . M . S ALCEDO BASTARDO Prólogo de ARTURO USLAR PIETRI U N E S CO Publicado en 1983 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura 7 Place de Fontenoy, 75700 Paris Composición: Coupé S.A., Sautron (Francia) Impresión: Imprimerie de la Manutention, Mayenne (Francia) ISBN 92-3-302103-3 Unesco 1983 Entre las figuras señeras de la historia universal que pueden considerarse como precursoras del sistema de las Naciones Unidas, Simón Bolívar ocupa un puesto de primera fila. Desde los albores del siglo pasado, en efecto, Bolívar pensaba en el porvenir de toda la humanidad. No sólo fue el héroe de un país o de un grupo de naciones a las que ayudó a liberarse del yugo colonial, ni el héroe del solo continente americano, pues con la amplitud universal de su pensamiento quiso ser el intérprete de las esperanzas de todos los pueblos del mundo. El homenaje excepcional que se rinde a Bolívar al celebrarse el bicentenario de su nacimiento incita a evaluar los esfuerzos que desde el siglo XIX ha realizado la comunidad internacional al transitar el camino que él le abrió con el fin de lograr más libertad, más justicia y una mayor solidaridad. Amadou Mahtar M'Bow 19 de enero de 1983 ÍN DI C E Prólogo ........ 11 Introducción ........ 19 Explicación bibliográfica ........ 61 Antología ........ 63 Cronología ........ 293 Glosario geográfico ........ 301 Glosario de personajes históricos ........ 303 Indice de la antología ........ 305 P RÓLOGO de Arturo Uslar Pietri* A los doscientos años de su nacimiento, Bolívar, con inobjetables títulos, forma parte del puñado exiguo y deslumbrante de las grandes figuras tutelares de la humanidad. Desde su muerte, en 1830, se ha ido descubriendo de un modo continuo y conmovedor la gigantesca dimensión de su presencia. Para sus contemporáneos era el adalid incomparable de la lucha por la independencia política de la América Latina, aquel ser fascinante que, casi sin medios, dirigió y sostuvo contra todos los obstáculos y adversidades la larga y difícil guerra de quince años que puso fin al imperio español en América. Su tenacidad sin desmayos, su convicción de que la independencia podía y debía alcanzarse en su tiempo, y su visión grandiosa del porvenir del nuevo mundo lo destacaron y señalaron entre tantos y tan excepcionales jefes como produjo la guerra de emancipación de la América Latina. Para el mundo occidental se convirtió muy pronto en el símbolo de la lucha contra el despotismo y las viejas monarquías. Su nombre sonaba a libertad. Los revolucionarios de 1830 y de 1848, los "carbonarios", los liberales, la juventud romántica invocaban su nombre y su ejemplo. Era el héroe que había enfrentado trescientos años de antiguo régimen en la América hispana y había logrado ponerle fin para proclamar un nuevo orden de democracia y libertad. La admiración pasaba de los jóvenes inquietos, que enarbolaban como una bandera el "chapeau Bolívar" en el París de los Borbones, hasta los estudiosos de la política mundial, hasta Byron que le puso el nombre de Bolívar al barco en que soñaba la hazaña de libertar a Grecia. Bolívar se había convertido para siempre en "el Libertador", el hombre que había encarnado la voluntad de ser libre de un continente y que se había esforzado por crear un orden político de justicia y derechos humanos. *Renombrado escritor venezolano, ex embajador de su país en la Unesco, es autor de numerosos cuentos, ensayos y novelas. Destacan entre sus obras Las lanzas coloradas, EI canino de Eldorado, Treinta hombres y sus sombras y Oficio de difuntos. II Fue, ciertamente, un jefe militar que logró las más difíciles. y trascendentales victorias; como un sembrador de destino, de sus batallas nacieron naciones y se afianzó la libertad de una vasta porción de humanidad y de geografía. En 1825, cuando el triunfo de Ayacucho pone fin al imperio español y lo convierte en el árbitro del destino de la América Latina, concibe e intenta realizar el grandioso propósito de integrar su América, para hacer posible un nuevo tiempo de equilibrio y justicia para la humanidad. La raíz del desacuerdo con sus antiguos seguidores y de las dificultades crecientes con las que va a tropezar reside precisamente en su visión del futuro. Para él, la independencia no era un fin sino una etapa necesaria para alcanzar una realización más difícil y grandiosa. Lo que se había propuesto no era una mera substitución de hombres para poner en el lugar de los virreyes y gobernadores españoles a los caudillos criollos, para mantener sin alteración las estructuras políticas y sociales heredadas del pasado colonial, sino algo diametralmente distinto, que era la verdadera creación de un nuevo mundo, poderoso, libre, ejemplar en sus instituciones, celoso de la justicia en todas sus formas y que sirviera de base a un nuevo orden mundial, a lo que él llamaba un "nuevo equilibrio del universo". Desde el primer momento de su acción se distinguió por la claridad y la audacia de su pensamiento. Si no hubiera hecho otra cosa que escribir las ideas y apreciaciones que nos dejó sobre el mundo americano figuraría, sin duda, entre los más originales pensadores de su tiempo. Tenía además un don excepcional de escritor. La prosa de sus cartas y discursos está entre las mejores que se escribieron en su hora. Nadie tuvo como él el don de la expresión enérgica, penetrante y significativa. Su lenguaje refleja como un espejo fiel su temperamento y sus angustias. Se expresa con síntesis y contrastes fulgurantes. No valen menos sus palabras que sus grandes hechos. Pocas veces en la historia se ha dado en un personaje semejante combinación de dones y atributos de hombre de acción y de hombre de pensamiento, de conductor de pueblos y de visionario del porvenir, de político hábil y de creador de un proyecto de superación de las circunstancias de su tiempo. El drama de su vida consistió en la imposibilidad de lograr que su visión del futuro se convirtiera en realidad. No podía resignarse con la obra extraordinaria que había realizado porque para él esa obra no era sino la parte previa y necesaria para lograr la nueva organización política de la América Latina y un nuevo equilibrio mundial. Sólo para un ser de su condición esa segunda parte podía ser más importante que la primera. La figura de Bolívar es de una riqueza inagotable. Reducirlo a las proporciones de jefe de una insurrección triunfante es mutilar su personalidad e ignorar algunas de las facetas más ricas y admirables de 12 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO su obra. No fue nunca un mero hombre de acción, dispuesto a proseguir una lucha muchas veces desesperada, ni tampoco un ideólogo que aplica mecánicamente doctrinas y ejemplos aprendidos de otros países y de otras circunstancias históricas, ni un político limitado al presente inmediato. A todo lo largo de su empresa nos sorprende por la abundancia deslumbrante de sus dones tan diversos. Ante sus ojos están vivos el pasado y el presente de los pueblos americanos, siente con profunda identificación la condición histórica y cultural de sus gentes, pero al mismo tiempo mira hacia el futuro deseable y anhela una transformación profunda de la sociedad y de sus fines, no lo ciegan las brillantes teorías políticas de su tiempo. Ha reflexionado sobre Rousseau y Montesquieu a la luz de la experiencia de la lucha y de las lecciones del pasado americano, y se persuade que el camino de esos pueblos hacia el futuro no puede reducirse a una simple imitación o adaptación de ideas e instituciones de otras naciones surgidas de otras circunstancias históricas y culturales, sino que hay que partir de las difíciles realidades para poder intentar con esfuerzo y tino esa ardua transformación para la cual el pasado colonial no los había preparado. Lo que en el lenguaje internacional de hoy llamaríamos las limitaciones culturales del desarrollo y la dificultad de adaptar modelos extraños es un tema fundamental de sus preocupaciones de creador de naciones. Alerta insistentemente a los legisladores, deslumbrados con los precedentes de las instituciones surgidas de las revoluciones de los Estados Unidos y de Francia, sobre la necesidad de tomar en cuenta las peculiaridades de usos, tradiciones y experiencia del pasado que caracte-I rizan a los pueblos hispanoamericanos. El deseó resueltamente la libertad, la justicia y la democracia, pero sin perder de vista las realidades sociales y políticas que trescientos años de vida colonial habían creado en su América. Tampoco pierde nunca de vista el horizonte de la situación internacional. La independencia de la América Latina no puede ser concebida y realizada como un hecho aislado y local, sino como un gran acontecimiento que inicia nuevas situaciones y nuevas relaciones en escala mundial. La irrupción de una América libre y soberana no puede alcanzarse sin ocasionar una modificación significativa de las relaciones políticas en escala mundial. Es dentro de esos parámetros y dimensiones excepcionales que Bolívar actúa y piensa, y es esto, precisamente, lo que le da su significación y validez como guía y encarnación del espíritu de los pueblos americanos. Ese carácter y esos rasgos aparecen a lo largo de su vida en todos sus documentos. Su visión de la independencia es continental desde el primer momento. En esto coincide plenamente con su ilustre antecesor Miranda. No se trataba para ellos de obtener la independencia para algunas porciones del imperio español, sino de lograr que todo él tome 13 S I MÓN B O LÍV AR conciencia de su identidad y su destino y asuma una soberanía global. Esto implica, desde luego, una forma de organización política y de metas de futuro que abarque todo el nuevo mundo. Desde la primera hora habla en nombre de América y no de Venezuela, y esboza con atrevimiento las formas de la integración política. Como lo dijo más de una vez "para nosotros la patria es la América". Cabría preguntarse ahora cuál América y en qué forma? Era la suya una concepción que no excluía ninguna porción significativa de la América sojuzgada por las potencias europeas. Partía de lo inmediato que eran los pueblos que iban a integrar a Colombia: Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, pero luego incluía, en muchas formas sucesivas de colaboración, todas las porciones del imperio. Cuando en 1825, tras la victoria final y definitiva de Ayacucho, llega a aquel centro mágico de poder y riqueza que era Potosí y acompañado por los representantes de Argentina, del Perú y de Chile sube al cerro de Plata, que fue el símbolo del poder colonial, y se asoma literalmente al panorama de la masa continental, siente y expresa aquella voluntad de integración que era la única que podía asegurar el futuro para tan vasta porción de humanidad y de tierra que por sus ojos vislumbraba el escenario de la historia universal. Es la hora en que convoca el Congreso que iba a reunir en Panamá a los representantes de toda la América para establecer las formas prácticas de su política, su defensa y su acción común ante el mundo. Basta hojear los documentos principales en los que está recogido su pensamiento para advertir la continuidad de su concepción de la comunidad de destino de la América Latina. Desde 1812, en Cartagena, apenas salido de la ruina del primer ensayo de república independiente en Venezuela, lanza un audaz manifiesto que no tiene otro objeto que alertar contra la engañosa creencia de que alguna porción del territorio americano pudiera lograr y conservar aisladamente su independencia. Mientras Venezuela no sea liberada, la independencia de la Nueva Granada estará amenazada, porque una fuerza organizada desde allí puede penetrar "desde las provincias de Barinas y Maracaibo hasta los últimos confines de la América meridional". Esa acción que él vislumbra en tan vasta escala de parte de los enemigos de la libertad es precisamente la que él habrá de realizar en los largos y duros años de su acción política y guerrera. Desde entonces para él el teatro es uno solo: la América Latina, el objetivo igualmente uno: la independencia, y el instrumento privilegiado e insubstituible: la integración de esos pueblos en un cuerpo que garantice su unidad de presencia y acción ante el mundo. En aquel deslumbrador documento que es la carta que escribe en Jamaica, en 1815, "a un caballero de esta isla", traza el cuadro más completo y audaz de su visión del destino americano. Su tema no es LA ESPERANZA DEL UNIVERSO Venezuela sino 'ún país tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo Mundo". Lo mira como una realidad de la geografía y de la historia, y se pregunta con impaciencia: "¿No está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa?" Más adelante precisa: "Este cuadro representa una escala militar de 2 000 leguas de longitud y 900 de latitud en su mayor extensión, en que 16 000 000 de america-nos defienden sus derechos o están oprimidos." Para él, es una necesidad histórica ineluctable que ha llegado y que está llamada a tener las mayores consecuencias en el futuro del mundo. Allí expresa el fondo de su pensamiento: el proyecto de la independencia americana es necesario, "porque el equilibrio del mundo así lo exige". Allí está dicha la concepción fundamental. Ha llegado la hora de un nuevo equilibrio universal. La estructura imperial de dominaciones no puede continuar. Un nuevo orden, con las palabras mismas que usó Virgilio en su égloga profética, va a surgir. Es necesario que termine el imperio español para que surja un nuevo mundo real a dialogar en términos de equidad y derecho con los otros poderes de la tierra. Para Bolívar la denominación de "nuevo mundo" no tenía la significación restringida que le habían dado los viejos historiadores. No lo concebía como la parte más recientemente incorporada a un viejo mundo y a un viejo orden, sino como la ocasión providencial de realizar una nueva sociedad, que no repitiera los errores del viejo mundo y que iniciara una nueva era en las relaciones entre todas las naciones. Bolívar se convierte así no sólo en el profeta del nuevo mundo sino en el de un nuevo orden mundial. Ha sentido y expresado desde entonces que había llegado la hora no sólo de que surgieran nuevas naciones independientes sino de que su existencia misma determinara la creación de un nuevo sistema de relaciones. Con palabras que parecen brotadas de la lucha actual de las nuevas naciones de América Latina, Asia y Africa por alcanzar un nuevo orden de relaciones, en ese dramático diálogo entre el Norte y el Sur, en el gran proceso del surgimiento del tercer mundo, llegó a decir: "Hay otro equilibrio, el que nos importa a nosotros, el equilibrio del universo. Esta lucha no puede ser parcial de ningún modo, porque en ella se cruzan intereses inmensos esparcidos en todo el mundo. " Con qué tono de actualidad viviente resuena en nuestros oídos esta voz. Su tema es la gran cuestión central que se debate con angustia en los grandes foros internacionales. A los dos siglos de su nacimiento, Simón Bolívar está en la primera fila del combate por la creación de un nuevo orden internacional. Así lo reconoció solemnemente la Unesco cuando en 1978, al través de sus organismos supremos de dirección, aprobó la creación del Premio Internacional Simón Bolívar "destinado S I MÓN B O LÍV AR a recompensar, cada dos años, a partir del 24 de julio de 1983, fecha del bicentenario del nacimiento del Libertador Simón Bolívar, a la persona o personas que se hayan destacado mediante su acción, su obra de creación o una actividad particularmente meritoria en beneficio de la libertad, la independencia y la dignidad de los pueblos y el fortalecimiento de la solidaridad entre las naciones, favoreciendo el desarrollo y facilitando el advenimiento de un nuevo orden económico internacional, social y cultural". Queda así plenamente justificada la publicación de estas páginas que recogen lo esencial del pensamiento del Libertador reconociendo, como lo expresó en la resolución correspondiente la Conferencia General de la Unesco, "en Simón Bolívar, por su obra, una gran figura mundial, precursora e inspiradora de los afanes de las nuevas naciones para asumir la plenitud de sus derechos". Caracas, septiembre de 1982. 16 "La libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del universo" BOLíVAR 1824 José Luis Salcedo-Bastardo, venezolano nacido en 1926. Doctor en ciencias políticas de la Universidad Central de Venezuela; rector y profesor de sociología; senador (1959-1964); embajador en Ecuador, Brasil y Francia; presidente del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (1965-1966). Pertenece a las Academias de la Historia y de la Lengua. Fue ministro de la Secretaría de la Presidencia de la República (1976-1977) ; ministro de Estado para la Ciencia, la Tecnología y la Cultura (1976-1979). Autor, entre numerosos libros, de Visión y revisión de Bolívar (13 ediciones); Historia fundamental de Venezuela (9 ediciones); Bolívar, un continente y un destino (Premio Continental de la OEA, Premio Nacional de Literatura de Venezuela, 13 ediciones: francés, inglés, vasco, alemán y sueco); Un hombre diáfano-Vida de Simón Bolívar para los nuevos americanos; Andrés Bello americano; Crisol del americanismo; Bolívar hombre-cumbre. Es presidente del Comité Ejecutivo del Bicentenario de Simón Bolívar. Viajero por más de sesenta países, ha dictado conferencias en treinta naciones de cuatro continentes. I N T R O D U C C IÓN José Luis Salcedo-Bastardo LA CONVERGENCIA ORIGINAL Comenzó desde el Asia, en épocas remotas, la migración matriz de los aborígenes del continente que será "América". Cuando los primeros asiáticos atravesaron los hielos del estrecho de Behring, o franquearon el rosario de las Islas Aleutianas, regándose por las vacías soledades que a su paso se allanaban invitantes, estaban inaugurando el fascinante proceso de la creación de un mundo en el cual todos los pueblos y todas las culturas, a la postre, debían participar. Empezaba el hilo de un destino: un hogar para la familia del hombre. Una comunidad mestiza integral para servir a la esperanza. La posibilidad de un sueño de real y fraterna humanidad. La convivencia para la justicia, el trabajo, el amor y la vida, en la igualdad y la libertad. En este escenario pudo hallarse, y podrá quizá encontrarse alguna vez en el futuro, la más grande nación del mundo, más por la calidad espiritual intrínseca que por sus atributos materiales, y en cuyos hijos se encarna la efectiva sustancia histórica que Simón Bolívar, en 1815, resume definiendo: "Nosotros somos un pequeño género humano" [13)*. Pero, bien fuera por la radicación y adaptación de los vástagos del Asia en su nueva heredad, que los convierte en producto del hemisferio por ellos ganado, y hasta admitiendo la hipótesis sobre el autoctonismo del hombre "americano", las similitudes somáticas y culturales con los asiáticos dan base para pensar que un primer mestizaje -cuando para Europa es el fin de la Edad Media-reuniría en el poblador indígena la presencia de dos continentes: Asia y América. Por lo demás, razones hay -incluso certificadas con la experiencia reciente de la balsa Kon-Tiki-por las cuales se puede aceptar que también Oceanía estuvo instalada en el ser americano. Si desde el Perú, aprovechando la *Los números entre corchetes corresponden a las piezas de esta antología. 19 corriente de Humboldt, se consiguió llegar a la Polinesia, bien pudo hacerse el recorrido inverso. Habría, pues, en el indio "americano" la síntesis posible de Asia, América y Oceanía. Correspondió en 1492, a Cristóbal Colón, genio de la audacia, la gloria de completar e integrar el orbe. Acercó, a lo conocido, el hemisferio que permanecía en la penumbra de su aislamiento. El insigne navegante genovés, aunque no se equivocó sobre la redondez de la tierra, la creyó más pequeña. Emprendió la búsqueda de una ruta a Oriente, hacia la India, China, Japón.. . y, al tropezar con esta porción inesperada y desconocida del globo, dio pábulo al error de suponer "indios" a los habitantes del incógnito suelo. Para la Europa del siglo xv agotada en el estéril enquistamiento del feudalismo, el encuentro -o "descubrimiento"- de América significó una formidable posibilidad de realización. Su obra mejor será el nuevo mundo, donde se siembra el antiguo gracias al esfuerzo y la presencia múltiple de España. Es precisamente Iberia la expresión máxima del mestizaje -confluencia y combinación, de cuerpo y espíritu-de las diferentes variedades del complejo euro-afro-asiático, Así, España aporta en su ser: íberos, ligures, celtas, romanos, vascos, griegos, germanos, visigodos, suevos, alanos. En ella viene, además, el Asia Menor: fenicios, judíos, musulmanes de Arabia; y el Africa: cartaginenses, pueblos de Egipto, Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, del Congo y el Níger, todos confundidos en el torrente mahometano derramado sobre la península para la estancia de ocho siglos. Por su parte, también el África, propiamente, ha de asistir a la gran convergencia transatlántica representada por sus vástagos bantús, sudaneses y yurubas, arrancados de su país por la ignominia de la esclavitud. Todas las razas, todos los continentes, todas las culturas confluyeron a encontrarse, cruzarse y fundirse sobre la bella tierra que Colón saca a luz. La España emergente de la "reconquista" aceptó el súbito hallazgo de un universo nuevo donde imponer sus valores cristianos, como un reto magnífico a la altura de su optimismo, su coraje y sus ilusiones. Con la pujanza de su sangre múltiple y con el soberbio vigor y el empuje de un pueblo idealista en grado superlativo, España se consagró a hacer de la vasta heredad recién hallada otra Iberia, una Nueva España, una Castilla del Oro, nuevas Granada, León, Andalucía, Valencia, Extremadura, Barcelona, vale decir, otros yo. El sueño, acoplado a urgentes y prosaicas apetencias de riqueza, hasta vislumbraba un reino mítico y mágico de felicidad suprema: "El Dorado". España dio todo lo que pudo para recrearse aquí. Trajo cuanto de bueno y positivo ella tenía, junto con lo de malo y negativo que también poseía: altos valores de una sociedad entonces de vanguardia, estrenando el potente instrumento político que era allá el absolutismo LA ESPERANZA DEL UNIVERSO integrador sobre la obsoleta dispersión medieval, pero al lado de una promisoria cultura especulativa -presente en la lozana literatura caste-llana-también acarreó prejuicios y cerrazones fanáticas. TRES SIGLOS DE COLONIAJE España trasladó a la América sus esquemas institucionales en lo político, jurídico, económico, social y cultural, e inició su enorme faena. El 15 de noviembre de 1533, al clavar Francisco de Pizarro su pendón en el Templo del Sol, en el Cuzco -la ciudad santa de los incas en los Andes peruanos-, cerraba España la fulminante y cruenta empresa que en tres decenios completaba la conquista americana y abría la etapa de la colonización. Para "hacer" la América bastaron a la Madre Patria tres siglos. Alguna vez se "hizo" más con tan poco y en más corto plazo? Es preciso entender que ni el territorio ni la población aborigen eran por si solos y propiamente América. No existía siquiera el "nombre", ni tampoco había -para la aurora del siglo XVI-el "hombre". El nombre es fruto de un azar europeo: Florencia, por virtud de un hijo distinguido, Amerigo Vespucio, brinda el apelativo. Y el hombre americano surge de la fusión a la cual no es ajena ninguna de las partes del planeta. Asia, América, Oceanía, Europa, África, todas convergen a la síntesis que engendra al producto nuevo. Mas, si en un principio el sistema de la potencia conquistadora fue novedoso, el transcurrir de los tiempos sin la debida renovación lo fosiliza, y al fin de la centuria decimoctava es franca e irremediable-mente anacrónico. Trescientos años después del encuentro o "descubrimiento", se torna inaceptable ese régimen que descansa sobre la negación de la libertad, sostenido y mantenido con medios y doctrina de opresión, que no conoce ni reconoce derechos ni garantías, en cuyo substrato campea la esclavitud y rigen hondas desigualdades, que predica y practica el aislamiento de las entidades coloniales componentes del imperio, y que esgrime temores y terrores para frenar la imaginación y contener las audacias del espíritu. No podía la América del siglo XVIII admitir pasivamente la prórroga de las viejas estructuras y del estilo superado, ya seco y reaccionario, que sin embargo -y es justo reconocerlo hoy-consiguió en el ayer logros que por su magnitud asombran. No es imputable a los titanes -fundadores y pioneros-del siglo XVI americano el que, con el decurso de los años, desgaste y anquilosis, semejante organismo al perder su savia se petrificara. 21 Como sistema americano, para los umbrales del siglo XIX, el coloniaje estaba irremisiblemente agotado. La verdad fue que, desde un principio y en forma generalizada, el rechazo a la conquista se hizo patente en el hemisferio colombino. El aborigen opuso resistencia al hecho de fuerza que le cercenaba su albedrío y lo despojaba brutalmente del señorío de sus propias cosas. La incorporación de gente africana, traída contra su voluntad y dentro de la ignominia esclavista, añadió otro explosivo para el estallo, más adelante, de las bases del orden que los Borbones pretenderían perpetuo e inmutable. A la postre, el presentido "nuevo mundo" del principio no fue tal sino un mundo arcaico, insuficiente, retrógrado, opresivo e injusto. Los mestizos, y peor todavía los indios y negros, factores subalternos de la combinación, se hallaban preteridos, discriminados y marginados, en la tierra que los procreaba. Así, los individuos directamente genuinos de América eran relegados por causa de una perspectiva inadmisible a la categoría de "parias" en su país propio y natural. La resistencia contra el despotismo absolutista se mantuvo, aunque los sistemas vernáculos de dominación sirvieron suicidamente para facilitar la instalación del dominio ibero. Contra tal fatalidad, todos los pueblos de América derramaron sangre generosa por la libertad. Esa es la historia. Sacrificios infinitos hubo, en todas partes, por la justicia y la igualdad. VANGUARDIA DEL CAMBIO Fue de precursores el siglo XVIII. El caraqueño Francisco de Miranda (1750-1816) es el primero. Fue el primer criollo universal; nunca antes un hombre nacido en este lado del Atlántico tuvo semejante y efectiva celebridad mundial: el Africa, donde se inició combatiendo contra el sultán de Marruecos, conoció su valor. Europa supo de sus hazañas: fue general divisionario de la revolución francesa, protagoniza brillantes acciones militares, recorre hasta las estepas caucásicas, memorable su paso por el Mediterráneo, Asia Menor, Escandinavia, Gran Bretaña. En la independencia de los Estados Unidos participa con honor. Por el Caribe: Cuba, las Bahamas, se desplaza en servicio responsable y sembrando luces. Pero su mérito mayor es la concepción de la unidad y de la revolución latinoamericanas. Desde 1781 fue avanzando en su definición de una patria que debía llamarse Colombia -en homenaje al descubridor-, cuyo límite septentrional sería el río Misisipí para concluir en el Cabo de Hornos. En el proyecto mirandino de la libertad para esa patria inmensa que hoy se llama América Latina (vasta suma de tres porciones: Hispano-América, más Brasil y el Caribe), él implicaba 22 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO a Europa -con tal fin gestiona ayuda en Francia, Rusia e Inglaterra-, quiere la cooperación de los Estados Unidos, y en su programa alude al Asia y al Africa (cipayos de la India, bases en las islas Madeira, Mauricio y Reunión. . .) visualizando nuestro proceso dentro del contorno global. Juan Pablo Viscardo y Guzmán (1748-1798), del Perú, diseña un proyecto de amplitud, igualmente válido para toda América, en su célebre "Carta a los españoles americanos" que escrita en 1792 empezó a ser conocida en 1801. Su requisitoria contra las sustantivas injusticias del coloniaje es de una exactitud conmovedora. Sus críticas a la esclavitud y al aislacionismo, a la explotación humillante que se sufre en favor de una metrópoli desconsiderada son definitivamente convincentes. José Joaquim da Silva Xavier (1748-1792), el valeroso Tiradentes, paga con su vida, en el Brasil, la osadía de concebir un sistema justo para nuestros pueblos. Una república soberana, sin esclavitud, con escuelas para todos, comercio libre, protección social, autarquía econó-mica, era el tema plural de su apostolado. Vive en el alma de su pueblo. En tierras ecuatorianas, el adelantado es Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo (1747-1795). Mestizo de tres sangres. Culto en grado de excepción, también actúa y muere para la causa americana. Su noble bandera: la emancipación en paz, sin desgarramiento de los nexos hispánicos. En su horizonte ideológico hay un plan de convivencia entre los dos mundos, en términos de equidad. Antonio Nariño (1765-1823) es el heraldo de estas mismas aspiraciones, en las comarcas de la actual Colombia, entonces Virreinato de Santa Fe o Nueva Granada. Dueño de vasta cultura, tradujo el texto francés de los Derechos del Hombre. Castigado con severidad, alcanzó sin embargo a ver triunfante el movimiento de la independencia que decididamente él animara en su embrión. Con todos ellos se cruzan en la historia, los nombres de adalides valientes a los cuales no arredraron las amenazas, ni la persecución, ni los peligros ni la muerte. Atahualpa, Cuauhtémoc, Guaicaipuro, Lautaro, Hatuey, Andrea de Ledesma, Túpac Amaru, Chirinos, Picornell, España, Gual, Galán. . . Para el liderazgo vencedor falta la personalidad-síntesis. Cuando despunta el siglo XIX aún no ha surgido el hombre de acción y el intelectual, en una sola pieza. Para entonces América está madura, el reto vuelve a ser, esta vez más imperioso y necesario: edificar un mundo nuevo, efectiva y sinceramente, en el nuevo mundo. 23 LOS BOLÍVAR EN VENEZUELA La familia Bolívar se establece en Venezuela desde 1589; oriunda de Vizcaya, llega a tierra firme desde la isla de Santo Domingo. En doscientos años, estos vascos de Iberia se hacen americanos, llegando a la larga a coincidir, en la identificación, con el medio que compone material y psicológicamente al indígena: la luz, la tierra, sus sales, el agua, los frutos, los alimentos. Una dama de incomún belleza morena (doña María Josefa Marín de Narváez) trae la aportación del Africa a la esencia humana de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad de Bolívar y Palacios (Simón Bolívar), quien nace en Caracas el 24 de julio de 1783. El es fiel expresión de la suma de pueblos que es el pueblo suyo. Aplicará su inteligencia en la indagación de nuestra identidad, y habrá de anotar: "No somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenernos en él contra la oposición de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado" [13]. La perplejidad y el desconcierto al respecto son explicables: "La mayor parte del indígena se ha aniquilado, y el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo" [24]. La obvia conclusión: "Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos" [24]. Con exactitud y con justicia, Bolívar valoriza la presencia del Africa en el ser americano, donde ella se encuentra doblemente: "Nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, más bien es un compuesto de Africa y de América que una emanación de la Europa, pues que hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter" [24]. Adviértase que en todo caso, para el pensamiento bolivariano, lo real, positivo y promisorio es la mezcla abierta hacia una justa verdad mejor. "Yo considero a la América en crisálida; habrá una metamorfosis en la existencia fisica de sus habitantes; al fin habrá una nueva casta de todas las castas, que producirá la homogeneidad del pueblo." El carácter de Bolívar se templó en la adversidad. La muerte y la suerte lo golpearon con dureza. A los dos años y medio perdió a su padre; a los nueve murió la madre. En la orfandad, pasó a depender de tutores y familiares que quisieron, no siempre con éxito, aliviar su infortunio. El primer testimonio escrito que existe de palabras de Bolívar data 24 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO de los doce años. Es curioso que ellas versen sobre lo que habrán de ser, por siempre, sus temas favoritos: el desinterés y la libertad. Dijo el niño: "Que los tribunales bien podrían disponer de sus bienes, y hacer de ellos lo que quisiesen mas no de su persona; y que si los esclavos tenían libertad para elegir amo a su satisfacción, por lo menos no debía negársele a él la de vivir en la casa que fuese de su agrado." Sobre esto, el tutor -como hablando por el viejo régimenadelantó un comentario que resulta de patética clarividencia. En lo dicho por el pupilo ve "la gravedad y altanería de unas producciones que hacen estremecer [. . .] ideas las más impolíticas y erróneas [. . .] máxima es ésta que, si tomase cuerpo y se hiciese persuasible, trastornaría nuestra monarquía y causaría en ella los más funestos estragos". Don Simón Rodríguez fue, de sus maestros, el más trascendente y el más amado. Rodríguez prepara en Bolívar un alma independiente, le inculca los sentimientos de su excelencia heroica. Bolívar lo reconocerá de modo expreso: "Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló" [56]. Tenía dieciséis años el mozo Bolívar cuando hizo su primer viaje fuera de Venezuela. Iba rumbo a España; el navío dio un largo rodeo por el Caribe. Fondeó en Veracruz; hubo tiempo holgado para que el adolescente caraqueño pudiera visitar la monumental ciudad de México. Ahí, por sus vinculaciones sociales, tuvo acceso a las tertulias de la corte local. Cierto día, el virrey don Miguel José de Azanza inquirió noticias sobre los sucesos de Venezuela, donde poco antes había sido debelada una conspiración. Simón Bolívar ratificó al instante su convicción libertadora en agraz; sin inmutarse manifestó su simpatía hacia los heroicos complotados y censuró acremente al régimen absolutista que los inmolaba. De esta ocurrencia, a Bolívar le complacería evocar años más tarde: "Yo he olvidado completamente las palabras, pero recuerdo que defendí sin desconcertarme los derechos de la independencia de América. " LA FORJA DEL ESPÍRITU La personalidad intelectual de Simón Bolívar se elaboró en Madrid. Allí residió tres anos y medio. Estudió matemáticas en la Academia de San Fernando. Cursó, bajo la dirección del sabio marqués de Uztáriz, idiomas modernos (llegaría a hablar francés e italiano, y a comprender bastante bien el inglés). Dentro de los círculos distinguidos de aquella capital hizo vida social activa. En su trienio europeo, Bolívar se convirtió en ávido lector. La pasión por la lectura lo acompañaría la vida entera. En cuanto a su 25 formación, él habría de subrayar que mucho había estudiado a "Locke, Condillac, Buffon, D'Alembert, Helvetius, Montesquieu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollin, Berthot y todos los clásicos de la antigüedad, así filosofos, historiadores, oradores y poetas, y todos los clásicos modernos de España, Francia, Italia, y gran parte de los ingleses". Respecto a su carácter intelectual, él mismo da una síntesis: "No soy difuso. Soy precipitado, descuidado e impaciente. Multiplico las ideas en muy pocas palabras." Del Bolívar adulto se dice que tenía una excesiva movilidad del cuerpo. Por rareza se mantenía dos minutos en la misma posición. Al hablar miraba al suelo o inclinaba los ojos; cuando el asunto le interesaba ponía fija la vista en su interlocutor. Su cuerpo era el de un hombre enjuto; medía un metro y sesentisiete centímetros de estatura. Su voz era aguda. Su complexión fuerte. Era muy ágil. Poseía una gran resistencia a la fatiga. Todavía sin cumplir diecinueve años, contrajo matrimonio en Madrid con una gentil prima suya, María Teresa Rodríguez del Toro, de veinte años. Los flamantes esposos emprendieron el regreso a Venezuela. En la hacienda de San Mateo la grácil madrileña enfermó de paludismo y murió luego en Caracas. Ocho meses duró la felicidad conyugal. Para distraerse y olvidar el cataclismo que constituye esta muerte, Bolívar se embarca hacia Europa. Su fortuna de varios millones le permite un dispendio en esta gira que es como el deambular de un peregrino aturdido. No hay ninguna duda de que la viudez lo marca. Será éste el gran acontecimiento de su vida personal, El hablará en 1828, a Luis Peru de Lacroix, sobre la trascendencia de esta pena: "Si no hubiera enviudado, quizá mi vida hubiera sido otra; no sería el general Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo que mi genio no era para ser alcalde de San Mateo [. . .] Sin la muerte de mi mujer no hubiera hecho mi segundo viaje a Europa [. . .] La muerte de mi mujer me puso muy temprano sobre el camino de la política; me hizo seguir después el carro de Marte en lugar de seguir el arado de Ceres; vean, pues, si ha influido o no sobre mi suerte." En medio de su desastre sentimental, Bolívar se reencuentra en París con su maestro don Simón Rodríguez. Al frustrado aristócrata de Caracas, su preceptor le devuelve la fe de vivir. Juntos emprenden un viaje sin programa estricto. Francia, Suiza, Italia. Principalmente a pie, recorren caminos y ciudades. Paseantes de la campiña francesa, cruzan los Alpes, Piamonte, Lombardía, Toscana, Umbría, en una continua y nómada aula sabia. Nunca como en esta excursión se había compenetrado tan afirmativa y hondamente este binomio existencial: el maestro, 26 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO que muy poco ignora, tiene sintonía perfecta con su joven contertulio tan despierto. ELECCIÓN DEL DESTINO Veintiún años tenía Simón Bolívar. En París escogió el rumbo de su vida. Dos encuentros diferentes -más el que tiene con Rodríguez-, uno cordialmente próximo y otro a forzosa pero cálida distancia, dejan huella imborrable en su resolución. Fue el primero con el barón Alejandro de Humboldt recién venido de América. Hablan de todas las cosas. Abordan el tema político. Humboldt, que no sólo ha visto y examinado "la naturaleza" del nuevo continente sino la sociedad que lo habita, está convencido de que un cambio puede ocurrir pronto en ella. Bolívar inquiere la opinión del sabio germano sobre la independencia: éste la siente próxima, pero confiesa que no divisa al hombre capaz de realizarla. La conversación con Humboldt estimula al joven americano, y prende en él un germen que no tarda en definirse de manera inequívoca. A cielo abierto y en el contagio multitudinario, es el otro encuentro: con Napoleón. El corso está en el ápice del poder y de la fama. Bolívar presencia la coronación, el hecho en sí le impresiona poco, al fondo de su alma lo impacta la aclamación jubilosa que recibe Bonaparte de la inmensa y delirante muchedumbre. "Aquel acto o función magnífica me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un inmenso pueblo manifestaba al héroe francés; aquella efusión general de todos los corazones, aquel libre y espontáneo movimiento popular excitado por las glorias, las heroicas hazañas de Napoleón, vitoreado, en aquel momento, por más de un millón de individuos, me pareció ser, para el que obtenía aquellos sentimientos, el último grado de aspiración, el último deseo como la última ambición del hombre. La corona que se puso Napoleón en la cabeza la miré como una cosa miserable y de estilo gótico: lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y en la gloria que cabría al que lo libertase." Bolívar sale de París ya motivado sobre su destino. Rodríguez le apuntala su convicción y lo alienta en la perseverancia sobre la resolución tomada. En Italia culmina, al año siguiente, el viaje de los Simones. En Roma se da otro paso de enorme alcance para esta carrera prodigiosa. Una sofocante tarde de agosto salen en procura del aire fresco de las vecindades; van el discípulo, su preceptor y el amigo Fernando Toro; S I MÓN B O LÍV AR suben a una suave colina. Es el Monte Aventino. La inspiración se desata en Bolívar, todo bulle y se agita en su espíritu inquieto: los episodios de Caracas y México, los alegatos ingenuos sobre la libertad que el niño suponía en los esclavos, la balbuciente solidaridad con los mártires de la intentona revolucionaria caraqueña, la constante palabra iluminada de Rodríguez, el espectáculo de París en una sola y múltiple ovación en tomo a su líder, el acicate de Humboldt. El incitante juego de contrastes de la historia de Roma, desfila en su evocación. Todo de repente cuaja en una promesa solemne: 'Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español" [l). Durante su regreso a Venezuela, permanece Bolívar por varios meses en los Estados Unidos. Cuál su impresión? El contesta: "Por primera vez en mi vida vi la libertad racional." Otro motivo y un argumento poderoso para afirmar la resolución tomada. A medida que el personaje se define y madura, la escena caraqueña también cambia. Los señores de la capital venezolana adelantan maquinaciones separatistas para tomar el poder político, único que les falta -pues ya tienen el económico, social y cultural-para el predominio completo. El desquiciamiento de la Corona de España que se origina con Napoleón va a convertirse en detonante de la explosión revolucionaria. Un rey como Carlos IV no era precisamente el hombre para enfrentar la honda crisis que se avecinaba. El cetro se desplaza hacia Fernando VII, y los malabarismos políticos concluyen con José Bonaparte monarca de España. La "Cuadra Bolívar" -casa de recreo de los hermanos Juan Vicente y Simón-sirve para los conciliábulos conspirativos a favor de una junta o congreso criollo que eventualmente substituya a las autoridades coloniales. Lo que en otro tiempo hubiera bastado para una condena ejemplarizante, y hasta para la pena máxima, ahora recibe apenas una leve sanción disciplinaria de confinamiento lejos de la ciudad. EMPIEZA EL PROCESO El jueves santo 19 de abril de 1810, por acatamiento a la medida policial, Bolívar no estaba en Caracas. Ese día revienta la revolución. Los venezolanos suben, por fin, al mando ejecutivo. El Cabildo de Caracas motoriza el acontecimiento: son depuestos el gobernador y capitán general, el intendente de ejército y real hacienda, el auditor de guerra, asesor general de gobierno y teniente gobernador, el presidente y los miembros de la Audiencia. Para no alarmar a las masas que siguen 28 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO fieles al rey -éste preferible para ellas en vez de los presuntuosos caballeros de la oligarquía local-el gobierno que se instala ese día adopta una denominación complaciente y eufemística: "Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII". El objetivo final es la independencia, pero la prudencia recomienda evitar los escollos de otras veces cuando se actuó con ligera franqueza. En esta ocasión el ardid cauteloso da resultado. Los criollos ascienden al poder con el apoyo de los sectores populares, éstos consecuentes promonarquistas. Cuatro misiones diplomáticas envía la Junta Suprema al exterior: Juan Vicente Bolívar y Telésforo de Orea van a los Estados Unidos. Para Londres salen Simón Bolívar -flamante coronel-y Luis López Méndez, los acompaña Andrés Bello. A las Antillas los competentes Vicente Salias y Mariano Montilla. A Nueva Granada marchará José Cortés Madariaga. En la capital británica tiene lugar el encuentro de los tres hijos principales de Caracas, los cuales habrán de ser también los tres personajes cumbres de América: Miranda, Bolívar y Bello. De este viaje queda, en Londres, la publicación por primera vez del pensamiento integracionista de Bolívar: la idea de la unidad americana aprendida en Miranda. Aparece en el Morning Chronicle el 5 de septiembre de 1810. Tres días después, el mismo Bolívar suscribe un franco pronunciamiento revolucionario, incitando a la Junta Suprema de Caracas a romper con la Corona hispana: "Estamos comprometidos a presencia del universo, y sin desacreditarnos para siempre, no podemos desviamos un punto del sendero glorioso que hemos abierto a la América [. . .] Nos empeñamos en producir la emancipación general. Nuestras medidas llevadas adelante con tesón y firmeza, deben apresurarla infaliblemente" [2]. De entonces hay otro testimonio muy revelador sobre la naciente personalidad bolivariana; es el que brinda Joseph Lancaster --presti-gioso pedagogo inglés-quien en 1824 recordará que "en la casa del general Miranda, en Grafton Street, Piccadilly, Londres, hacia el 26 o 27 de septiembre de 1810", mostró Bolívar "un interés tan vivo y poderoso" por la educación. Igualmente, de ese paso por la Gran Bretaña, está documentado un contacto con los inventores de un nuevo sistema de guerra y fortificación: los señores Holmes y Atkins. De ese modo quedan datadas, con fechas ciertas, su política de unidad y política de cultura, su política de paz y política de guerra. Conducido expertamente por Miranda -precursor, maestro sexagenario-en la hora oportuna y el ambiente favorable, el joven Bolívar de veintisiete años nace a la historia en grande, a las macro-perspectivas del mundo. Bolívar vuelve a Caracas y, en seguida, lo hace también Miranda. 29 S I MÓN B O LÍV AR Este regresa a tiempo para ser elegido diputado al Primer Congreso de Venezuela, que el 5 de julio de 1811 declara con solemnidad la independencia. A Bolívar no le interesó la tarea parlamentaria [3]. Miranda, marginado en principio, asciende al primer plano cuando, frente a la crisis por la reacción armada contra el nuevo gobierno, se le otorgan desesperadamente poderes como "dictador". La desorganización y el desconcierto cunden. Nada pudo hacer el afamado prócer, la República se derrumba. Dificultosamente consiguió Bolívar escapar al extranjero. Tras una breve escala en Curazao, emprende el doloroso curso de su primer exilio. En éste va a demostrar el temple de su personalidad. Es el derrotado invencible, indoblegable, recio y tenaz. Nunca pasa por su mente abandonar el combate, cualesquiera sean las circunstancias. DE NUEVO A LA CARGA Desde Cartagena, en "Manifiesto" [4] denso y razonado, él explica los infaustos sucesos de Caracas. El denodado combatiente se muestra ahora como agudo observador político, analista de situaciones complejas que pocos alcanzan a penetrar con la clarividencia suya. Ratificando su convicción integracionista, siempre a favor de la unión, invita a los neogranadinos a no ser indiferentes a la suerte de sus hermanos de Venezuela. Logra su propósito, y entrando a su patria por el occidente, de triunfo en triunfo -en la Campaña Admirable-llega el otrora fugitivo de Caracas a su ciudad que lo aclama. Trae consigo la fresca gloria de su título: Libertador. Así lo bautizó Mérida, y luego, por Venezuela entera, lo confirma Caracas. Gracias a los éxitos militares de esta serie victoriosa se instaura la Segunda República. En su camino, al pasar por Trujillo, tuvo Bolívar la inspiración de una tremenda decisión: proclamar la guerra a muerte [5]. Él buscaba definir claramente los bandos, y que supieran los enemigos de la libertad que su suerte entre los patriotas sería igual a la que ellos les daban [7]. En su furor, él promete el exterminio incluso a los indiferentes españoles y canarios, y asegura la vida a los americanos así fueran culpables. En el deseo de los grupos dirigentes de la clase social superior del país ("criollos") no hay, en verdad, otra meta que la ruptura de la sumisión política a la metrópoli; sobre esto fue elocuente la experiencia de 1810-1812. La revolución no entraba más allá de la superficialidad política. Nada concreto a favor del pueblo, nada tangible contra la esclavitud ni respecto a la distribución de las tierras. Todo se reducía a declaraciones sobre la libertad y la justicia. Así los criollos perfeccio-30 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO narían su prepotencia alcanzando el derecho a gobernarse y, más aún, a gobernar, facultad para hacer la ley, acceso a las magistraturas superiores del naciente Estado. Fue un error la guerra a muerte, en cuanto los resultados no correspondieron a la expectativa. Las filas del rey continuaron nutridas por gente del país. Los sectores más pobres y humildes de la sociedad, especialmente los "llaneros", acaudillados por José Tomás Boves, darían pronto otro golpe mortal a la revolución. Una vez más, el terror demostró ser infecundo. El rey o su nombre -con el apoyo de la Iglesia, a él sometida en virtud del derecho de patronato eclesiásticogozaba de una excelente imagen muy contrastante con las antipatías que suscitaban los oligarcas locales. El pueblo no era lerdo, escogía a sabiendas, lo guiaban su instinto y la razón de su conveniencia: en el rey encontraba más comprensión y amparo, lo sentía más benévolo. Por huir de Boves, dueño de la situación, desde Caracas sale un día una romería despavorida. Bolívar marcha con ellos. Es la "Emigración a Oriente". Van regando cadáveres en jornadas agotadoras y por rutas penosas e intransitables. Es el fin, otra vez. Bolívar llega al puerto de Carúpano, de donde irá para su segundo exilio. Todo parece aniquilarse, pero hay una fe que no muere. El signo de este líder es, precisamente, el de ser persistente en la lucha. El se crece en la derrota. Justo en Carúpano forja uno de sus lemas: "Dios concede la victoria a la constancia" [ll]. Cuando se salva en esta oportunidad, Bolívar hace una comprobación, ahora nítida en su pensamiento como nunca antes. La opinión pública está ganada por los realistas: el pueblo -caudal y masas decisivas-no siente suya la revolución, no la defiende ni le interesa. La combate. La lucha que se libra es "civil" en cuanto que la contienda es entre hermanos; la fuerza "extranjera" (española peninsular) es mínima en Venezuela. Todavía no llega de Europa el "ejército" propiamente digno de tal nombre que de España irá el año siguiente con el general Pablo Morillo. En el Manifiesto de Carúpano resalta un compromiso -es la voz de la tenacidad convencida-: "Yo os juro, amados compatriotas, que este augusto título que vuestra gratitud me tributó cuando os vine a arrancar las cadenas, no será vano. Yo os juro que libertador o muerto, mereceré siempre el honor que me habéis hecho; sin que haya potestad humana sobre la tierra que detenga el curso que me he propuesto seguir hasta volver segundamente a libertaros" [ll]. La existencia del desterrado indomable transcurre desdichada por las Antillas. Sólo por una casualidad no cayó, en Jamaica, a manos de un asesino pagado. Parecieran cerrarse todas las puertas. Pero en esa inacción, aprovecha para meditar. Bolívar reflexiona sobre el porvenir S I MÓN B O LÍV AR y sobre América. Así surge otro de sus documentos fundamentales: la Carta de Jamaica [13]. Fue la respuesta a un caballero inglés, Henry Cullen, que pide al Libertador sus impresiones sobre la circunstancia contemporánea. Otra vez el genio globaliza -basado en buena parte sobre informes, estudios e intuiciones, pues le falta aún la vivencia directa que pronto tendríasobre el complejo y unitario mundo latinoamericano. Bolívar se atreve a juicios y a predicciones cuya exactitud la posteridad certifica con admiración y asombro. Firme y nítida resplandece en la Carta de Jamaica la concepción continental. Señálame allí los motivos de la unión: la lengua en primer rango, la religión, las costumbres, la historia, los sufrimientos y esperanzas. Allí se apuntan los obstáculos: distancias enormes, caracteres variados, intereses localistas. En la evaluación de unos y otros, lo afirmativo vence, y el sentimiento americano gana en el balance. Allí pensó Bolívar en la más grande nación -sobre treinta millones de kilómetros cuadrados-, que alguna vez podría formar la América Latina. Relámpago de Miranda. Recuérdese que los Estados Unidos eran entonces una faja noratlántica de trece colonias que en su designio expansivo ya alcanzaban al río Misisipí indicado por el Precursor como frontera septentrional de "Colombia" -como éste llamaba a la otra y mayor América-. El Canadá era a la sazón un gélido vacío de bosques y lagos. Sobre la demarcación de ese ámbito precisado por Miranda, discurre el pensamiento de Bolívar: "Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria" [13]. Queda allí la indicación textual que apunta a la historia -libertad y gloria-como base de la grandeza. No era la superficie lo que importaba. Era el nuevo pensamiento, la posibilidad concreta de igualdad y justicia, la solidaridad que confiere fortaleza, la moral y la cultura que elevan a las sociedades, los valores supremos de la educación, las ciencias, las artes y las letras.. . En su meditar de Jamaica -plasmado en más de un escrito esencial [14, 15]- consiguió Bolívar, al fin, una explicación real y constructiva, breve y exacta, sobre los vanos esfuerzos desplegados en pro de incorporar al pueblo a la causa nueva. Y su diagnóstico fue: "Los independientes no habían ofrecido la libertad absoluta, como lo hicieron las guerrillas españolas." De ahí, él se hizo una resolución: la próxima vez será distinto! 32 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO TERCERA Y DEFINITIVA ACOMETIDA Haití se convierte a finales de 1815, cuando en las posesiones inglesas se cierran las posibilidades de ayuda a la revolución, en la postrera esperanza. No se equivocó el Libertador. En el magnánimo Alejandro Petion, presidente de la acogedora nación caribeña, consiguió Bolívar comprensión y afecto [16]. Con el apoyo total -personal y económico-del almirante Luis Brion y del espléndido hombre de negocios Robert Sutherland, reconstruye el héroe de Caracas su maquinaria para la libertad. El gobierno haitiano es pobre, pero la ayuda es generosa: ocho goletas, armamento bastante, recursos de la más diversa índole, y sobre todo aliento moral para la perseverancia en la causa del bien. Bolívar sale de Los Cayos de San Luis con su expedición redentora. Tan pronto llega a Margarita -isla aguerrida del oriente venezolano-anuncia su nueva política de apertura hacia los horizontes que interesan al pueblo: terminará la esclavitud. En Carúpano, de cuya rada saliera a la odisea de este segundo exilio que ahora concluye, Bolívar decreta la sustancial reforma: "la libertad absoluta de los esclavos que han gemido bajo el yugo español en los tres siglos pasados" [17]. "De aquí en adelante sólo habrá en Venezuela una clase de hombres, todos serán ciudadanos." Otro colapso sobreviene luego inesperadamente. Cuando él se aprestaba a anunciar los pasos complementarios del nuevo esquema de la revolución, ocurre en julio de 1816 el desastre de Ocumare. Será el exilio tercero. Se iba a dar un pistoletazo, resuelto a no dejarse capturar, cuando el haitiano Juan Bautista Bideau lo rescata de la playa. A dónde ir? A cualquier parte -"hasta el polo"- donde pueda conseguir los medios para reemprender la lucha. De nuevo en Haití, no se atreve Bolívar a pedir más a quien con tanta largueza lo auxilió hace poco. Apenas se atrevería a implorar el mínimo auxilio para trasladarse a otros sitios con más holgados recur-sos, para gestionar en ellos lo que necesita. Petion se sublima en la grandeza de su bondad hacia el infeliz combatiente, y así le dice: "Si la fortuna se ha reído de usted por dos veces, quizá le sonría en la tercera oportunidad. Yo, por lo menos, tengo ese presentimiento, y si algo puedo hacer para mitigar su pesar y su dolor, cuente con todo lo que esté al alcance de mis posibilidades. Dése prisa y venga a esta ciudad. Deliberaremos juntos." Gracias al acuerdo de Puerto Príncipe, zarpará de Jacmel la expedición definitiva. Bolívar enaltece a Petion ante los siglos: "Mi reconocimiento no tiene límites. En el fondo de mi corazón, digo que V.E. es el primero de los 33 bienhechores de la tierra! Un día la América proclamará a V.E. su libertador. " El igualitarismo es ratificado por Bolívar al arribar a Venezuela. La esclavitud debe ser abolida. Ya el pueblo comienza a entender y querer la revolución. Ya no será sólo abstracciones ni fórmulas jurídicas que el común de las gentes no logra comprender: constitución, estado, poderes, leyes, república. Ahora, el tema palpitante es la igualdad: todos hermanos e iguales. Y a semejante proyección social no tarda en sumarse la revolución económica, que el propio pueblo ha determinado: tierras, y justicia en el disfrute de los bienes nacionales. José Antonio Páez, un caudillo enérgico, ha conseguido en estos años adversos, atraerse a las mismas masas llaneras que acompañaron a Boves, el azote de los patriotas. El cambio se opera porque Páez, que es uno de los llaneros y los conoce bien, les ofrece la entrega de las fincas y la garantía de libre pastoreo en las sabanas. Fue así como el peso de los llanos se tomó a favor de la causa republicana. El ofrecimiento de las tierras fue la única condición que Páez puso a Bolívar para acatar su autoridad. El Libertador aceptó, y desde entonces incorpora la idea de la justicia agraria a las prioridades de su revolucionarismo integral. Ya están definidos los elementos del programa revolucionario. El viejo orden que se formó en trescientos años era pleno y armónico, dentro de su carácter obsoleto: En lo político su base era el absolutismo de la monarquía borbónica, el sistema colonial, dependiente y opresivo, sin libertad, sin derechos ni garantías. En lo social, la desigualdad era la regla: esclavitud y privilegios; clases, estamentos y castas, y diferencias múltiples. En lo económico: injusticia en la distribución de los bienes; un pequeño sector prepotente, y la mayoría desprovista de lo elemental. En lo jurídico: un panorama de muchas circunscripciones y separaciones en América, el aislamiento, la desconfianza y los recelos como norma en pro de individualismos egoístas. En lo cultural: atraso y más atraso; el espíritu encadenado. REVOLUCIÓN ORGÁNICA Y COHERENTE Simón Bolívar no inventó stricto sensu uno por uno los elementos que ensambló en su vasta estructura de cambios y progreso con el cual se substituiría el viejo orden. Produjo parte considerable de los mismos, a la vez que recogió una herencia rica y llena de sustancia histórica. Hasta él llegaba una robusta tradición, definida en centurias de sueños postergados. Su acierto y su valor residen en dar organicidad a todo eso, dentro de un orden vivo, sincero y funcional. Don Simón Rodríguez puntuali-34 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO zaba, con tino, que Bolívar "dio a la América muchas ideas suyas; y de las ajenas propagó las más propias para hacer pueblos libres, con los elementos de la esclavitud". Para Venezuela -con destino a América y al mundo-ya en 1819 está claro el orgánico y coherente programa de la revolución. Es una empresa que opera en cinco campos por la felicidad sustancial de nuestra América. En lo político procura la independencia, la emancipación o autonomía; establecer una democracia, república constitucional, representativa, alternativa y popular. La libertad será el valor cumbre: "único objeto digno del sacrificio de la vida de los hombres" [12, 9, 49). En lo social se tiende al imperio de la igualdad absoluta -"ley de las leyes"-, abolición de la esclavitud [17, 31, 39), derogatoria de los privilegios, eliminación de toda suerte de barreras y divisiones entre los ciudadanos. En lo económico, la meta es clara: justicia en el reparto de os bienes nacionales [20, 77), primordialmente tierras, además, nacionalización de la riqueza minera [96]. En lo jurídico -señaladamente dentro de la esfera del derecho internacional-todo se cifra en la unidad de América Latina; unión efectiva y auténtica de nuestras patrias en un haz vigoroso, fuerte y triunfal [62]. Desde una patria así vertebrada se miraba al universo en términos de equilibrio y de justicia para todos los continentes. Es la idea central de la integración sirviendo a la paz del mundo. "La esperanza del universo." En lo cultural, ese programa plural culmina en un empeño magno por la educación. Moral y luces, a juicio de Bolívar, son "nuestras primeras necesidades" [24]. Piensa que "el primer deber del gobierno es dar educación al pueblo" [76]. En 1817, la toma de Guayana, al sur del Orinoco, proporcionó a la república, que nacía por tercera vez, la plataforma práctica que se requería. La ciudad de Angostura fue la sede del gobierno. En esta ocasión, con más éxito que en los años de 1810, 1813 e incluso 1816, se plantaría para siempre el árbol perenne de la libertad sudamericana -hoy, latinoamericana-. El hecho debía repercutir en gloria y ventura para la humanidad, porque si de la libertad de América estaba pendiente el mundo, de la libertad de Venezuela dependía la suerte de la revolución en el hemisferio. El alumbramiento de la patria definitiva tiene lugar a orillas del Orinoco; nace ya veterana en vicisitudes, consciente, experta y diáfana en sus objetivos. El río sirve de valla protectora a la capital. La provincia guayanesa que, hasta entonces, permaneció a salvo de la destrucción, contiene todos los recursos: gente, ganado, oro, abastecimiento, frutos exportables, posibilidades de comercio. El Poder Ejecutivo se radica en Angostura: la Presidencia de la República con las secretarías, entre ellas la muy importante de las relaciones exteriores. También se instala allí la Corte de Justicia, cabeza del Poder Judicial, y un Consejo de Estado que llenará interinamente la 35 función legislativa. Por si fuera poco, para redondear el genuino estado de derecho y de cultura, Bolívar funda el periódico de la patria redimida: el Correo del Orinoco. Hacia el Río de la Plata sale, desde Angostura, la nota hermosa, fraterna y cordial: "Cuando el triunfo de la armas de Venezuela complete la obra de su independencia, o que circunstancias más favorables nos permitan comunicaciones más frecuentes, y relaciones más estrechas, nosotros nos apresuraremos, con el más vivo interés, a entablar, por nuestra parte, el pacto americano, que, formando de todas nuestras repúblicas un cuerpo político, presente la América al mundo con un aspecto de majestad y grandeza sin ejemplo en las naciones antiguas. La América así unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones, y la madre de las repúblicas. Una sola debe ser la patria de todos los americanos" [22]. La línea está tendida entre los extremos sudamericanos: una misma causa, un mismo sentimiento, una sola actitud. El anhelo bolivariano de la estabilidad y de la superación política se colma, en febrero de 1819, con la apertura del Congreso. Bolívar pronuncia ante ese cuerpo su discurso, la pieza más importante, y más extensa, de todas las producidas por su inteligencia [24]. Saluda a la representación nacional que confiere legitimidad a su mando y a todas las instituciones. Entrega como guía un proyecto de Constitución; glosa el esquema jurídico-político que propone; exhibe su cultura, demuestra su madurez y sagacidad. Y finalmente, para articular el pasado con el presente y el futuro, ofrece una especie de memoria de lo actuado, con especial insistencia sobre aquello que del pretérito reciente debe ser salvado para lo venidero. Bolívar es enfático sobre el reparto de tierras, que suplica como premio a sus servicios, y sobre la abolición de la esclavitud, que él ímplora, como imploraría su vida y la vida de la república. Además, recuerda el compromiso de Venezuela con sus benefactores: la deuda nacional; instituye la Orden de los Libertadores; reafirma la decisión de patria o muerte, como una irrevocable toma de conciencia. El discurso de Angostura es el más trascendental, profundo, denso y bien escrito, de los documentos bolivarianos. Prosiguiendo su deber, Bolívar cruza los Andes. Cuando no lo esperaban, y por el sitio donde nadie hubiera imaginado que él lo haría, atraviesa con sus soldados del llano caliente las heladas cumbres. El fruto de tamaña osadía es la libertad de la Nueva Granada por la batalla de Boyacá. 36 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO PROYECCIÓN CONTINENTAL El triunfo neogranadino robustece el propósito de Simón Bolívar de empezar la materialización de la unidad. Al Congreso de Angostura pide la ley constitutiva de Colombia [28], Venezuela se asocia a Nueva Granada bajo un nombre nuevo: un nombre de "justicia y gratitud", no de azar. Honra al descubridor, padre y creador del nuevo mundo: Colón. El Libertador concebía a Colombia como núcleo de la unidad, motor para impulsar la integración [29]. Del prestigio de esta república es buen índice que pronto logre las incorporaciones de Quito, Panamá y Guayaquil. Y que a corto plazo se manifieste una disposición de igual afinidad, y de entusiasta solidaridad, en Santo Domingo y Costa Rica. Los dominicanos y costarricenses exteriorizaron el voto de sumarse a la empresa política bolivariana -la Gran Colombia-a través de dos líderes: José Núñez de Cáceres y Rafael Francisco Osejo, respectivamente, pedagogos y paradigmas ambos de una conciencia americanista de dilatadas miras. Otros dos países de la comunidad hispanoamericana, Cuba y Puerto Rico, figurarían en la previsión del Libertador. "No son america-nos estos insulares? NO son vejados.? NO desean su bienestar?" [13] había preguntado él en la Carta de Jamaica. Planes concretos serían hechos para la liberación de estas islas que a la postre completarían la decena de pueblos que ya en vísperas del siglo XXI deben estimarse incuestionablemente bolivarianos: Bolivia, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Panamá, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela. Quería el Libertador que su Colombia fuera -y en cierto modo lo fue-la primera nación de su hora. La más avanzada. La primera en un orden categórico de calidad política. La primera en la posesión del más fornido y compacto conjunto de metas para la dignificación del hombre, para la efectivación de la justicia, la igualdad, la libertad y la democracia. Ni en Europa ni en otros continentes existía una nación que, en tales aspectos, aventajara a Colombia. Los Estados Unidos abocados a su soberbio desarrollo industrial, y disfrutando un alto grado de estabilidad y de libertad civil, padecían, sin embargo, el cáncer de la esclavitud y de los odios raciales. Sólo Colombia ofrecía en aquella época, conjuntamente, libertad, democracia, justicia, igualdad, unidad y cultura. Era al fin y en síntesis, el triunfo de la mente lógica que, fundada en la formación matemática de su mocedad madrileña, se hizo esclarecida y jerarquizada en Simón Bolívar. El Libertador sabía lo que decía al afirmar que la revolución de 37 América era "la esperanza del universo" [59]. Para la humanidad llegaba, precisamente empezando en América, el tiempo cabal de la justicia social. Debía materializar Colombia las aspiraciones del ser americano, aspiraciones ancestrales del hombre universal que por doquier ha sufrido de humillante opresión y cruel injusticia. Mientras en Europa se afinca el individualismo liberal, Bolívar busca implantar en América la justicia y la equidad efectivas, promueve la igualdad verdadera y atiende a la 'auténtica reivindicación de los oprimidos. Cuando Gran Bretaña aplica la "libertad de contratos" (establecida desde 1813 y 1814), dejando sin protección a los económicamente débiles y renunciando el Estado a intervenir en la comunidad, Bolívar lucha por dar al movimiento revolucionario latinoamericano su dimensión colectiva: habla de "suprema Libertad social", de "seguridad social", de "garantías sociales" y de "derechos sociales". La supresión de las corporaciones en Europa desde 1791, y el castigo a todo intento de restaurarlas, hacía que para principios del siglo XIX no se aplicara en cuanto a condiciones de trabajo, ninguna regla, ni legal ni corporativa, ni convencional. Cuando allá la situación del incipiente proletariado industrial era, por ello, peor que la de los esclavos romanos y los siervos del medioevo, situación inaguantable por los años en torno a 1825, Bolívar estaba legislando en América para el trabajo de los indios con normas claramente intervencionistas y protectoras, las cuales no eran simples ni aisladas expresiones de humanitarismo, sino parte calificada de una temática consecuente de dignificación cultural y política. Cuando en Europa la meta era la ilusoria libertad individual, y se consideraba que la sociedad entera, o cualquiera forma de asociación, restringía el albedrío personal y negaba los Derechos del Hombre y del Ciudadano, cuando allá se pensaba que el Estado debía esfumarse como arcaica realidad despótica, con lo cual se retrocedía a una especie de etapa presocial, donde iba a reaparecer el horno homini lupus y el fuerte se impondría, Bolívar -partiendo justamente de la base de que "nada es tan peligroso con respecto al pueblo, como la debilidad del Ejecutivo"- trabajaba por un régimen republicano activo, centralista, demo-crático y civil, un "sistema vigoroso que pueda comunicar su aliento a toda la sociedad". A tanto llega el celo de Bolívar en sus decretos a favor de los trabajadores indígenas, que en ellos incluye algunas veces una cláusula inusitada: "El presente decreto no sólo se publicará del modo acostumbrado, sino que los jueces políticos instruirán de su contenido a los naturales, instándolos a que representen sus derechos aunque sea contra los mismos jueces y a que reclamen cualquiera infracción." 38 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO LAS TRES VERTIENTES DE SU MINUCIOSIDAD Bolívar se impuso como el personaje clave para los tres momentos o fases de la construcción americana: el ser, el hacer y el persistir. Liberación, fortalecimiento y relación. El sentido de la acción bolivariana es, primero, el de romper los hierros de la servidumbre, luego el de dar estructura, identidad y permanencia a la nacionalidad, y, final-mente, el ligar y comunicar ese producto al contexto del universo. De allí que tres temas capitalizaran su atención de modo preferente: la guerra, la educación, la diplomacia. El debió atender a todo lo que concernía al existir de América, pero su celo minucioso y su cuidado hubo de distribuirse, en forma simultánea y hasta sus mínimas derivaciones, en esos tres frentes de la política, la andragogía y la comunidad internacional. Bolívar es campeón de la paz. Llegó a la guerra como necesidad, continuación forzosa e inexcusable del propósito de paz evidenciado hasta la saciedad en la primera etapa de la revolución. A él le tocó, a contrapelo de sus genuinos sentimientos, ser hombre de guerra: vivir y protagonizar la coyuntura trágica de una confrontación sangrienta muy larga (su Venezuela perdió el 30% de la población en los doce años de la guerra de liberación americana). Sobra repetir que su ideal de fraternidad y de creación exige el ambiente de la paz, como el propio y único adecuado para los esfuerzos constructivos de los pueblos. En el oficio bélico adquirió maestría. Sus campañas de Venezuela y Nueva Granada, y las subsiguientes del sur, con las batallas estelares: Carabobo, Boyacá, Bomboná, y Pichincha, Junín y Ayacucho, son el pedestal de su gloria militar. Hasta el Potosí, en las vecindades de Argentina -y tras una marcha de quince años-llega en 1825 con las banderas de América libre [75]. Pasto, Quito, Guayaquil, Perú y el Alto Perú conocieron de su desvelo y su aptitud para vencer y convencer, para demoler la resistencia trisecular que oponía el coloniaje absolutista e imperialista a la libertad y al derecho de los nuevos pueblos. Hacer mucho con muy poco era la rutina cotidiana de Bolívar. Levantarse desde lo más hondo a lo más alto era un ejercicio habitual para su personalidad férrea. Duro, aguerrido, impávido ante la adversidad; luchando contra todos los factores opuestos coaligados, la cima de su ejemplo es difícil de alcanzar. El se autodenominó "el hombre de las dificultades". Desde antes de 1819 hay testimonios seguros de sus conocimientos tácticos. Al general Bermúdez escribió: "Regla general: si no hay obstáculos invencibles en el campo de batalla, o si nosotros no ocupamos posiciones ventajosísimas, debemos observar al enemigo constantemente, y desde muy lejos, para atacarlo en la misma forma-39 ción en que venga marchando; mas siempre prontos a seguir sus movimientos con la última celeridad, procurando muy cuidadosamente oponerle un frente igual, o poco mayor, aunque nuestro fondo sea un poco menos que el del enemigo, una ala sobresaliente tiene mucho adelantado para flanquear al enemigo. Hará usted que las primeras compañías sean de hombres selectos, para ponerlas siempre al frente, porque las tres primeras filas deciden regularmente de la suerte de la columna y aun de la victoria. El resto de la columna sigue el impulso de su cabeza. " En su concepción general de la campaña continental de liberación, como en sus previsiones ante la posibilidad de un ataque masivo revanchista por las fuerzas sumadas de la Santa Alianza, brilla el talentoso estratega. Su minuciosidad va también a los mil problemas de la logística: alimentación y cuido de las tropas, atención a los caballos, el armamento, los pertrechos, los buques, los voluntarios extranjeros, los clavos para las herraduras, el papel, los uniformes, el transporte, las comunicaciones, la celeridad y seguridad del correo, la salud, la moral talentoso estratega. EDUCACIÓN N, CIENCIA Y CULTURA La obra de civilización que se realiza en América guiada por el gran hijo de Caracas no tiene precedentes ni similares. Para su desvelada actividad hay un orden lógico: la guerra fue imprescindible para que América pudiera ser "posible". La educación era absolutamente fundamental para la identidad del mundo nuevo. Desde 1810, inquiere en Londres con avidez cuanto atañe al sistema de las escuelas mutuas creado por Joseph Lancaster (65, 63). En 1814 se interesa por una biblioteca pública en la Caracas recién liberada, y encarga a sus agentes diplomáticos reclutar en la Gran Bretaña "artistas hábiles en los ramos de industria que necesita Venezuela, y dirigirnos las máquinas e instrumentos de que con notable prejuicio carecemos". La historia de sus actos administrativos es por demás ilustrativa sobre la diversidad de asuntos considerados, facetas mil y distintas de la misma preocupación central. En Santa Fe crea en 1819 un colegio para la educación de huérfanos, expósitos y pobres [26]. En mayo de 1820 legisla sobre la enseñanza de los párvulos indígenas, e incluye en el currículum "los derechos y deberes del hombre y del ciudadano en Colombia, conforme a las leyes" [32]. En Guayaquil crea en 1823 una escuela náutica [50]; ya en Cartagena había sido establecido otro plantel similar. Colombia, con dos LA ESPERANZA DEL UNIVERSO océanos, tenía una vocación más que marinera, reiterada en su nombre proveniente del más famoso de los almirantes. En Trujillo (Perú) erige la universidad en mayo de 1824 [58]. Para diciembre convierte al Colegio de Santa Rosa de Ocopa en colegio de enseñanza pública. En el Perú, el 5 de mayo de 1825, ratifica la obligatoriedad de la instrucción primaria para los jóvenes. La educación femenina fue objeto de varios de sus decretos [70]. Por la pluralidad de sus disposiciones, es importante el decreto del 11 de diciembre de 1825 en Chuquisaca, fundado sobre el convencimiento de que "el primer deber del gobierno es dar educación al pueblo" [76]. Allí dispone: obligaciones y facultades del director general de enseñanza pública, resoluciones para establecer una escuela primaria graduada en cada capital de departamento, una escuela militar en la capital de la República, un colegio de ciencias y artes en Chuquisaca, y el compromiso de destinar a la educación todos los ahorros que puedan hacerse en el arreglo de otros ramos de la administración pública. El mismo día insiste en su antigua preocupación de la adopción de huérfanos de guerra por el Estado. La educación militar -en sus diferentes niveles-mereció su atención, también reglamentó la enseñanza religiosa. Bolívar fue un adelantado en sus concepciones educativas [35, 67). No compartía la idea triste y represiva de entonces sobre la enseñanza, cuando al colegio se lo miraba como un correccional, severo al extremo y de disciplina exageradamente rigurosa. El insistía en el carácter social de la educación, que no puede ser la misma para todas las colectividades ni para todas las épocas. Tampoco puede ser idéntica para todos los niños, "debe ser siempre adecuada a su edad, inclinaciones, genio y temperamento" [79]. Los institutos docentes no deben ser -a su juicio-nada más que para aprender a leer y escribir; son muchos los cometidos que él asigna a la escuela. Junto a la formación intelectual, moral y cívica, él señala: "La primera máxima que ha de inculcarse a los niños es la del aseo. Si se examina bien la trascendencia que tiene en la sociedad la observancia de este principio, se convencerá de su importancia" [79]. También quiere el Libertador que los niños practiquen, desde la infancia, el ejercicio democrático. Sobre la enseñanza de idiomas, sobre el esparcimiento y el asueto, el modo de enseñar a leer, la metodología para el estudio de la historia, el aprendizaje de la geografia y la cosmografia, las matemáticas y el derecho romano, el cultivo de la memoria y de la comprensión, etc., hay en sus textos observaciones de incuestionable significación. Consciente de la integración cultural de la humanidad, Bolívar esperaba de la comunicación con los sabios y estudiosos del mundo grandes resultados para América. Bien sabía que el desarrollo de S I MÓN B O LÍV AR nuestro acervo espiritual no podía confiarse al mero crecimiento vegetativo. Jamás incurrió en el error de imaginar siquiera un estatus pedante de aislamiento ni de autosuficiencia. El ámbito de Bolívar es el de la universalidad, donde todos los pueblos aportan lo mejor de sí al patrimonio espiritual común. El asunto de las traducciones y la confianza en el valor difusor del libro ocupan parte de su atención. La Cámara de Educación --en su proyecto del Poder Moral [25]- cuidaría de publicar en nuestro idioma libros extranjeros sobre educación, ello con las observaciones y ajustes pertinentes; estimularía también a escritores y editores a producir y difundir "obras originales sobre lo mismo, conforme a nuestros usos, costumbres y gobierno". La propia Cámara compondrá y divulgará algún volumen que sirva a la vez de estímulo para que se ocupen otros de este trabajo tan útil y para ilustración de todos. En la primera prioridad bolivariana está la metodología pedagógica, la didáctica y lo que a ambas concierne. El insiste en que la Cámara "no perdonará medio ni ahorrará gasto ni sacrificio que pueda proporcionarle estos conocimientos. Al efecto de adquirirlos comisionará hombres celosos, instruidos y despreocupados que viajen, inquieran por todo el mundo y atesoren toda especie de conocimientos sobre la materia" [25]. Respecto a las traducciones, en la reforma a la Universidad de Caracas [88] introduce Bolívar una halagadora compensación en años para el escalafón: el catedrático que traduzca obras extranjeras gana dos años, y ocho el autor de un libro de texto original. "Un mismo catedrático podrá obtener estos dos premios una sola vez. " Los científicos son -para el Libertador-los verdaderos descubridores de la realidad física nacional, el gobierno debe incentivarlos [41, 53). En la ciencia mira una de las cuatro potencias del alma del mundo corporal, junto con el valor, la riqueza y las virtudes. A los europeos los convida para que vengan a América trayendo sus ciencias para la construcción del nuevo mundo [23]. La gestión administrativa bolivariana coloca a la ciencia en sitio de urgencia primordial. Establecimientos universitarios, facultades y cátedras, colegios e institutos de ciencias reclaman su celo [67, 71, 89, 91). Y el sembrador de luces que él era, prodigaba a todo su cuidado esmerado. Él araba con igual entusiasmo todos los campos. En una declaración de humanitarismo y de cultura, escribió desde Lima al rector de la Universidad de Caracas, que "después de aliviar a los que aún sufren por la guerra, nada puede interesarme más que la propagación de las ciencias". Su emoción de intelectual sensible ante las jerarquías del estudio, crece al declarar al claustro de doctores de San Marcos en Lima -prestigiosa universidad americana, de las más antiguas junto a las de LA ESPERANZA DEL UNIVERSO Santo Domingo y México-: "Yo marcaré para siempre este día tan honroso de mi vida. Yo no olvidaré jamás que pertenezco a la sabia Academia de San Marcos. Yo procuraré acercarme a sus dignos miembros, y cuantos momentos me pertenezcan después de llenar los deberes a que estoy contraído por ahora, los emplearé en hacer esfuerzos por llegar si no a la cumbre de las ciencias en que vosotros os halláis, al menos en imitaros" [SS]. Sobre el saber científico, el convencimiento de Simón Bolívar, manifestado incluso en medio de las muy difíciles circunstancias de 1815, es aleccionador, elocuente y terminante: "Las ciencias han inmortalizado siempre a los países donde han florecido." EL QUEHACER DE LA DIPLOMACIA Tampoco en los afanes diplomáticos hubo nada que resultara extraño a Bolívar. Más todavía, estuvo a punto de suceder que la diplomacia fuera el alfa y omega de su servicio público: en 1810 se inició, en efecto, con su misión a Londres. Era un encargo difícil por lo ambiguo de las posiciones; buscaba el apoyo para una independencia que no debía descubrirse precipitadamente como tal, sino disimularse como un movimiento "conservador" del estatus contra el cual se insurgía con cauta firmeza. Para 1830, en el ocaso de su vida y de veinte años de carrera, la diplomacia vuelve a su encuentro por medio del gesto del general Andrés Santa Cruz, presidente de Bolivia, quien lo nombra embajador de esa república ante la Santa Sede. La muerte llegó al Libertador antes que la noticia de este homenaje, con el que su trayectoria existencial se cierra casi en el mismo menester de su aurora. Temprano consigue la diplomacia venezolana, bajo su inspiración, un memorable .hito: son los tratados de Trujillo (de 1820) que, como otros desempeños de máxima relevancia, tienen a Antonio José de Sucre de realizador insuperable, intérprete fiel de los designios y del ideal bolivarianos. El Tratado de Regularización de la contienda cancela el ciclo de la guerra a muerte. Es de los primeros convenios en el mundo que intentan humanizar, hasta donde se puede, a la violencia aniquiladora. Bolívar lo califica de "el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra". En la ocasión, se aproxima el Libertador a su encarnizado oponente -el jefe de las fuerzas españolas-general Pablo Morillo, y en los hechos obtiene para Colombia el primer reconocimiento de la ex-metrópoli. El 27 de noviembre de 1820, con Morillo, brinda Bolívar: "A la heroica firmeza de los combatientes de uno y otro ejército: a su constancia, sufrimiento y valor sin ejemplo. A los hombres dignos, que al través de males horrorosos, sostienen y defienden su libertad. A los que han muerto gloriosamente en defensa 43 S I MÓN B O LÍV AR de su patria o de su gobierno. A los heridos de ambos ejércitos, que han manifestado su intrepidez, su dignidad y su carácter. Odio eterno a los que deseen sangre y la derramen injustamente." Desde Angostura, él había adelantado su palabra de verdadero afecto hacia la nación rioplatense, testimonio que pronto ratificaría: "Puedo asegurar al Gobierno argentino mi cordial adhesión hacia esa República hermana que debe ser por siempre una de las partes más interesantes del todo americano" [74]. En 1824 extiende la convocatoria al Congreso anfictiónico de Panamá. 1825, 1826 y 1827, son años de particular actividad en el área de las relaciones internacionales. Bolívar captaba las sutilezas del oficio. Su recomendación al general Heres encierra una lección: "En los asuntos diplomáticos daré a usted una buena máxima: calma, calma, calma; retardo, retardo, retardo; cumplimientos; palabras vagas; consultas; exámenes; retorsiones de argumentos y de demandas; referencias al nuevo congreso; divagaciones sobre la naturaleza de la cuestión y de los documentos. . . y siempre mucha cachaza, y mucho laconismo para no dar prenda al contrario. Excúsese usted con que es militar; que no conoce la naturaleza de los negocios de que lo han encargado (verbalmente); que usted es interino y que los negocios del Perú son muy delicados, Sobre todo, téngase usted siempre firme en los buenos principios y en la justicia universal. . . Tengamos una conducta recta y dejemos al tiempo hacer prodigios." Otra muestra de la misma perspicacia brilla en las instrucciones para Sucre y su no fácil misión al Ecuador: "El general Sucre añadirá a todas estas razones, todas las que su prudencia y talentos y las circunstancias particulares del país a donde va y la opinión general de él le dicten, reforzándolas y sosteniéndolas con todo el interés que se promete la República de su celo; pero con moderación, prudencia y circunspección para que no produzca alarma o disgustos, que en negocios de esta naturaleza es muy fácil sembrar por una sola expresión o gesto." Por virtud de Bolívar se convirtió Colombia en hogar para la democracia. El sostén de la esperanza para los liberales del mundo. Desde Colombia fue Bolívar articulando con paciencia y conciencia una red de vinculaciones diplomáticas con vistas al gran día de la América. Contando con la cooperación de ilustres mentalidades de su tiempo, reclutadas sin prejuicios donde fuera menester: Caracas, Popayán, México, Tucumán. . . , él estructuró ese aparato diplomático que oportunamente funcionaría para la integración. Con el Libertador y su canciller don Pedro Gual, y el eficiente José Rafael Revenga, se desenvuelven las misiones de Joaquín Mosquera, Miguel Santa María y Bernardo Monteagudo. En los tratados bilaterales que suscribe Colombia con Perú, Chile y México se estipula que: "Ambas partes se obligan 44 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO a interponer sus buenos oficios con los Gobiernos de los demás Estados de la América antes española, para entrar en este pacto de unión, liga y confederación perpetua. " AMPLITUD SUSTANTIVA El Libertador tiene potencia y calidad de imán para atraer, de la vastedad latinoamericana, a figuras representativas de sectores y conexiones que en su torno componen la plenitud del ser continental. De Venezuela son Sucre, Páez, Urdaneta, Mariño, Arismendi, Bermúdez, Anzoátegui. . . De Nueva Granada, los Nariño, Santander, Mosqueras, Arboledas, Restrepos.. . De México, el congresista. y plenipotenciaro Santamaría. De Panamá es José Domingo Espinar. Del Ecuador, el poeta y diplomático Olmedo. Del Perú, Unánue, Sánchez Carrión, Vidaurre. . . De Bolivia, Santa Cruz. De Chile, el ínclito O'Higgins, y de Argentina, los inmortales San Martín, Pueyrredón, Monteagudo, Alvear. . . De Cuba, el comandante Rafael de las Heras. Petion, de Haití. Brion, de Curazao. José Félix Bogado, del Paraguay. El culto José Ignacio de Abreu y Lima viene del Brasil.. No son pocos los que del Canadá, Norteamérica, Europa (Escocia, España, Francia, Inglaterra, Irlanda, Italia, Polonia, Prusia. . .) son cautivos de su fama. Su voluntad era de una muchedumbre. Presencias innumerables concur-ren a la verdad de su nombre. El diseño programático suyo para el Congreso de Panamá es el primero en los anales del mundo, y hasta ahora el único, en contemplar una dinámica y efectiva unión solidaria de naciones iguales, autónomas y democráticas, invitadas a deliberar sin presión hegemónica alguna, y a resolver libremente sobre las mutuas conveniencias generales. "La fuerza de todos concurriría al auxilio del que sufriese por parte del enemigo externo o de las facciones anárquicas [. . .] Ninguno sería débil con respecto a otro; ninguno sería más fuerte" [86]. Quería Bolívar que en Panamá se debatieran los grandes asuntos del nuevo mundo, que se formularan las leyes supranacionales y se orientaran todos los esfuerzos en pos de metas acordadas con la participación de todos. Para el futuro, allí Latinoamérica advertiría su unidad esencial; allí debía cumplirse su voto de 1822: "El gran día de la América no ha llegado. Hemos expulsado a nuestros opresores, roto las tablas de sus leyes tiránicas y fundado instituciones legítimas: mas todavía nos falta poner el fundamento del pacto social, que debe formar de este mundo una nación de Repúblicas. " Bolívar llega hasta concebir que América, tierra del hombre bueno, suelo de la libertad y del amor, pueda comunicar su aliento de justicia revolucionaria al Africa y al Asia, para destruir el yugo esclavi-45 S I MÓN B O LÍV AR zante que a la sazón impone Europa al mundo: "Yo llamo a esto el equilibrio del universo, y debe entrar en los cálculos de la política americana" [8]. El Libertador tiende a una liga ecuménica más positiva y real que las efímeras y débiles asociaciones de Estado que hasta entonces han existido. Prevé hasta la federación mundial donde los principios que dan vida a nuestra América tengan total vigencia. "En la marcha de los siglos, podría encontrarse, quizá, una sola nación cubriendo el universo: la federal" [86]. De su humana amplitud dan prueba sus ideas de fomento a la inmigración, donde él no indica ninguna preferencia racial. Jamás se declararon abiertas las puertas de un país, tan absolutamente sin limitaciones, como lo hizo él llamando a radicarse aquí "a los extranjeros de cualquiera nación y profesión que sean". Al inmigrante sólo exige probidad. Bolívar tenía conciencia de los beneficiosos efectos del mestizaje. El ser americano se levanta sobre aportaciones disímiles: todos los grupos humanos están presentes en su alumbramiento. Vamos hacia la "nueva casta de todas las castas, que producirá la homogeneidad del pueblo". En Angostura es entusiasta su consigna: "La sangre de nuestros ciudadanos es diferente, mezclémosla para unirla" [24]. En este mismo orden de su amplitud universa1ista se inscriben los conceptos geopolíticos de Bolívar. Otra vez América al servicio de la humanidad. Piensa en los estados del istmo centroamericano, cuya "magnífica posición entre los dos grandes mares podrá ser con el tiempo el emporio del universo, sus canales acortarán las distancias del mundo, estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio" [13]. La alusión a los canales interoceánicos vuelve a su pluma, en referencia a su Colombia donde el istmo de Panamá esta ubicado. A esa gran república de su creación, la ve "en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos, que la naturaleza había separado, y que nuestra Patria reúne con prolongados y anchurosos canales" [24]. EL PERIÓDICO, COMUNICADOR SOCIAL Durante su breve pero fecunda estadía en Inglaterra, pudo Bolívar apreciar cuánto vale la prensa como vehículo de ideas. Las conexiones de Miranda con revistas y periódicos de Londres preparó un clima de opinión favorable a la misión que -con López Méndez y Bello-le correspondía desempeñar. El 5 de septiembre de 1810 publicó Bolívar 46 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO su primer artículo de prensa. Hasta su muerte, y desde aquel verano británico, él se mantuvo seguro en reconocer el poderoso medio comunicador que es la imprenta, a la cual considera "tan útil como los pertrechos" [19]. Asombra que a un hombre no profesional de las letras ni dedicado a las exclusivas tareas intelectuales, su capacidad política lo haya conducido a ser activo trabajador del periodismo, consciente de la trascendencia de la comunicación social y, sobre todo, lúcido en la posibilidad de abordar por ese medio la conquista de la opinión pública, fuerza que "vale aún más que los ejércitos". Con criterio justo se estima ahora a Bolívar como periodista, como uno de los mejores de su América. Su carácter diáfano y concreto, certero y preciso, trasciende a sus producciones. Libró campañas de prensa y fue polemista desenvuelto. De un adversario suyo, el obcecado José Domingo Díaz, queda el reconocimiento de que para Bolívar la imprenta fue "la primera arma". No obstante la pasión vehemente que debía mostrar en ese combate sistemático y continuo que es la lucha política -así en la paz como en la guerra-, Bolívar da lecciones de ecuanimidad [10]. La verdad, sostiene él, debe ser materia prima del periodismo. Ni siquiera en el caso de injustas diatribas en su contra, a las cuales era particularmente sensible, se olvida de la justicia y la ponderación. Un día, en agosto de 1825, se indigna por un ataque de prensa y manda a replicarlo. Advierte, sin embargo: "No se detenga Ud. en pelillos, dígales cosas muy fuertes y siempre la verdad, que es la que amarga, y no falsas imposturas que son las armas con que me quieren herir. Si en alguna cosa que digo no se encuentra la pura y limpia verdad no la diga Ud., pues yo no quiero que se digan falsedades." En otra oportunidad, estampó su aforismo incontestable: "Las cosas falsas son muy débiles." Petion, el glorioso patrocinador de las expediciones bolivarianas capitales, extremó su bondad para la América que nacía a la libertad, con el obsequio que hizo a Bolívar de una imprenta. Ésta se perdió en el desastre de Ocumare. Después, el Libertador colmó su sueño en Angostura fundando el Correo del Orinoco (1818-1821). A su amigo don Fernando Peñalver le había dicho: "Por ahora sólo necesitamos de los objetos que he pedido a Ud. antes, porque sin ellos estamos perdiendo el tiempo que es lo más precioso en estas circunstancias [. . .] Sobre todo, mándeme Ud, de un modo u otro la imprenta, que es tan útil como los pertrechos" [19]. Muchas observaciones hizo a la Gaceta de Bogotá. Por una parte, le preocupaban cuestiones de forma: "Nuestra Gaceta no se puede presentar en ninguna parte por su tipografía"; recomendaba que se aprovechara al máximo el papel escaso, utilizando los tipos "más pequeños que haya". Con espontaneidad de veterano periodista prestaba atención 47 equilibrada a los contenidos y a su respectiva presentación: "Estas notas pueden mejorarse con más sal y con algunos cauterios; pero que siempre vayan intercaladas en el texto porque así hacen mejor efecto [. _ .] A todas las cosas se le deben dar las formas que corresponden a su propia estructura, y estas formas deben ser las más agradables para que capten la admiración y el encanto. Mucho importa que ese diario que tiene tan buenos redactores trate las materias de un modo regular y periodístico. " Análogas observaciones hace, a principios de mayo de 1824, a su competente secretario José Gabriel Pérez. Las recomendaciones periodísticas al general Heres, en agosto de 1825, son de las más minuciosas que él produjo. Prácticamente Bolívar hace hasta de diagramador, tarea especializada en el diarismo de hoy: indica el orden en que deben ir distribuidas las columnas: "Todo el papel debe estar dividido en sus diferentes departamentos, digámoslo así. Se trata de hacienda, hacienda, se trata de rentas, hacienda. Se trata de Fernando VII, tiranía o fanatismo, según sea el negocio. Se trata de un hecho raro o desconocido se pone: anécdota estupenda, curiosa o escandalosa, según sea." Sus conclusiones tienen el valor de una pauta concreta: "Los artículos deben ser cortos, picantes, agradables y fuertes. Cuando se hable del gobierno, con respeto, y cuando se trate de legislación, con sabiduría y gravedad. Yo quiero que se proteja un periódico, pero no aparezca Ud. como principal, más bien que sea el gobierno o Larrea, o un amigo; pero que se organice con elegancia, gusto y propiedad." Sobre el tono adecuado, insiste: "Para la sátira más cruel se necesita nobleza y propiedad como para el elogio más subido. " Congruente con el periodista que Bolívar llevaba en su conciencia, fue él como hombre de Estado y gobernante. Total y sagrado fue su respeto a la libertad de expresión. En el proyecto de Constitución de 1819, él propone que "el derecho de expresar sus pensamientos y opiniones de palabra, por escrito, o de cualquier otro modo, es el primero y más inestimable don de la naturaleza. Ni aun la ley misma podrá jamás prohibirlo, y sólo podrá señalarle justos términos haciendo responsable de sus escritos y palabras, y aplicando penas proporcionadas a los que lo ejercieren licenciosamente en perjuicio de la tranquilidad pública, de la vida, honor, estimación y propiedad de cualquier ciudadano". En el proyecto constitucional para Bolivia, estatuía: "Todos pueden comunicar sus pensamientos de palabra, o por escrito y publicarlos por medio de la imprenta sin censura previa, pero bajo la responsabilidad que la ley determine." 48 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO EXPECTATIVAS Y CONFLICTO En el sur aguardan a Bolívar muy arduos deberes. En febrero de 1824 el Congreso peruano le otorga los plenos poderes que configuran allí su mando "dictatorial", y el cual ejercerá durante un año, dentro de cuidadosos límites constitucionales. De ese gobierno, él rendirá estricta cuenta en febrero del año siguiente por órgano de su ministro, el peruano José Faustino Sánchez Carrión. Este ideólogo y conductor político ha de ser no sólo colaborador eficaz sino propulsor, al lado de Bolívar, de los grandes acontecimientos registrados en el pasar de esos meses, desde Trujillo hasta Huamanga y desde Huamanga hasta Lima. La formación del Ejército Libertador en el norte, la instalación de la Corte Superior y de la Universidad de La Libertad en Trujillo, la campaña libertadora que se hace éxito americano en Ayacucho, la organización de la administración civil en el país y la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá desde la Casa de la Magdalena unen en la historia inicial de la República del Perú a Bolívar y a Sánchez Carrión. Los más gratos de los azarientos años de la carrera bolivariana pasan en el Ecuador, Perú y Bolivia. Fin de la guerra contra el absolutismo; tiempo de paz sin el ingrediente del sobresalto ni de la catástrofe, aunque -por otra parte-la estabilidad anhelada siga siendo un sueño. Los pueblos, especialmente las humilladas masas indígenas se van a los caminos a aclamar a su redentor. Bolívar, vengador de los marginados, recibe las oleadas de afecto y emoción pura de las multitudes como las de París en torno a Napoleón. Por ley de compensación, allá en el altiplano, él cosecha en justas satisfacciones los sacrificios de Venezuela, Nueva Granada y el Caribe. El Ecuador se enorgullecerá siempre de su firmeza en la lealtad al Padre de la Patria. En el tiempo de amarga ingratitud por venir, este país se gloriará de ofrecer al autor de su libertad el hogar tranquilo que otros perversos le niegan. Bolivia se identificará en análogos sentimientos filiales. El Perú fue suelo propicio para el florecimiento de su espíritu, con vigor y lozanía. Allá redacta sus mejores cartas: la de Pativilca al maestro amado Don Simón Rodríguez [56], las del Cuzco a su tío y padrino don Esteban Palacios [72], y sus ejercicios de crítica literaria para el poeta Olmedo [68]. Al Perú confluye América. Bajo las órdenes de Antonio José de Sucre, quien comanda a las tropas y pueblos de Bolívar, hay oficiales de Argentina, Bolivia, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela, además, de Alemania, 49 S I MÓN B O LÍV AR España, Gran Bretaña, Irlanda, Países Bajos. Son los factores de Ayacucho; el día: 9 de diciembre de 1824. Cuarenta y ocho horas antes de la acción militar, el Libertador firma la circular a los gobiernos que debían echar en Panamá los fundamentos de la unidad latinoamericana. Terminaba la muerte, debía empezar la vida. Bolívar en la cima de los Andes luce como árbitro de América, en el apogeo de su prestigio. Cupo a Sucre el honor de arriar en el Cuzco el pendón de Pizarro que allí estuvo tres siglos. Bolívar recibe el trofeo y lo destina a su Caracas natal. Bastante expresivo de la circunstancia torcida y agónica que a Bolívar le tocó siempre vivir es el hecho de que cuando justamente él está consagrado al esfuerzo de la unidad continental, en el seno de la gran Colombia se desatan furiosos los agentes de la disolución. "Lo que hago con las manos, lo desbaratan los pies de los demás", así describió su trabajo que se parecía al de Sísifo, el condenado que llevaba un peso enorme a la cima y, cuando estaba a punto de llegar, rodaba al abismo para recomenzar. Con la celeridad que permitían los medios de la época, Bolívar deja Lima en septiembre de 1826 hacia Colombia: "un laberinto horrible", "un edificio semejante al del Diablo que arde por todas partes". Su presencia logra conjurar temporalmente la división de la república. Los generales José Antonio Páez y Francisco de Paula Santander son los cabecillas de este choque amenazante contra la estabilidad colombiana. Bolívar se impone transitoriamente. Su salud flaquea. De cuarenta y seis años, por el desgaste físico y moral de la lucha que ha librado, en el espacio gigante de cinco millones de kilómetros cuadrados, durante dos decenios, Bolívar parece un anciano. En Venezuela -por última vez-en 1827, da a la patria con cuyos elementos se formó su ser lo que resta de su aliento. Viene en el desvelo unitario y fraternizador. Le aporta su madurez y su experiencia administrativa. Ahora, más convencido de que "moral y luces son nuestras primeras necesidades", se consagra sobre todo a la educación. Adopta medidas eficaces en pro de la manumisión de los esclavos. Pone orden en el ramo fiscal: reglamentación de rentas y aduanas. Las ocasiones sobran para lecciones reiteradas de pulcritud y honradez. Triste desilusión la de este viaje. Parece que mediara un siglo entre el optimismo de Angostura, en 1819, y el menguado presente de esta recolección desnuda de los testimonios de la quiebra, a los cuales ha de reunir pronto en el doloroso mensaje a la Convención de Ocaña [90]. Luego sería el adiós, para regresar huesos y cenizas en una urna de plomo en 1842. 50 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO POR LA UNIVERSIDAD En la historia de Bolívar y de la cultura latinoamericana, la última visita del gran caraqueño a su país natal se recordará por la huella sustantiva que deja en la universidad. Caracas, como Trujillo, Bogotá, Quito, Arequipa, Cali, Medellín, San Cristóbal de Ayacucho..., recibe en su universidad el impacto civilizador del estadista que tiene plena conciencia de que "las Naciones marchan hacia el término de su grandeza con el mismo paso con que camina la educación. Ellas vuelan, si ésta vuela" [79]. El 24 de junio de 1827, a seis años justos de la batalla de Carabobo que sella la libertad de Venezuela, dicta el Libertador -con la colaboración de José María Vargas y José Rafael Revenga-los nuevos estatutos constitucionales para la Universidad Central de Caracas [88]. En extensión es el segundo decreto de los bolivarianos: cerca de trescientos artículos. Se derogaron aquí normas arcaicas, se remozó y modernizó debidamente la magna institución, se sentaron las bases de un nuevo trato que, sin exageración ni error, podría estimarse punto inicial de una reforma universitaria importante para la época, y buena parte de cuyos principios mantiene lozana vigencia. Dentro de un concepto de auténtica difusión cultural, se propicia una política de puertas abiertas en la universidad. Al estudiantado se le reconoce participación en el comando del instituto. A favor de los alumnos se consigna la exención del servicio militar y de cualquiera tarea que los divorcie de la específica atención a su formación superior. Mediante un sistema de equivalencias y reválidas se tiende a la coordinación de nuestras universidades. Para la provisión de cátedras se estipulan libres concursos de oposición, y se recuerda expresamente a los jurados "obrar en justicia sin afición ni pasión". A los profesores los quiere Bolívar como maestros integrales, les prescribe que no deben ser solamente transmisores de conocimientos, sino también "el modelo de los jóvenes confiados a su enseñanza: la decencia, el decoro, la urbanidad, la cultura en el idioma, todo debe relucir en los maestros, a fin de que con estas lecciones prácticas formen buenos discípulos" [88]. Colocaba Bolívar en la cúspide de su afecto a los educadores. Aseguraba que "el objeto más noble que puede ocupar al hombre es ilustrar a sus semejantes". El practicó personalmente con sus maestros la relación del "amor y respeto"; tal es la clave que elabora cuando evoca, a la distancia de muchos lustros, su conexión con Andrés Bello: "Yo conozco la superioridad de este caraqueño contemporáneo mío: 51 S I MÓN B O LÍV AR fue mi maestro cuando teníamos la misma edad; y yo le amaba con respeto. " Él visualizaba y ejemplificaba en sí mismo la función del maestro como de un jardinero cariñoso y paciente. A don Simón Rodríguez se complace en decirle -desde el vértice del poder y de la gloria-: "Usted no habrá dejado de decirse: todo esto es mío, yo sembré esta planta, yo la regué, yo la enderecé tierna, ahora robusta, fuerte y fructífera, he aquí sus frutos; ellos son míos, yo voy a saborearlos en el jardín que planté; voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos, porque mi derecho es imprescriptible, privativo a todo" [56]. En sus nuevas normas para la Universidad de Caracas también atiende Bolívar a la seguridad social de los docentes. Se funda un sistema de jubilaciones "con renta entera" a los veinte años de servicios. Demócrata celoso en la alternabilidad republicana, fija un período de tres años para el ejercicio rectoral. Nunca tuvo la idea de que la universidad fuera un plantel mayúsculo, ni una federación de escuelas profesionales. Por el contrario, la miraba como un ente orgánico y superior, al cual asignaba tareas de alto rango que iban más allá de la simple instrucción. Dentro del plan universitario, él incluía la creación de cuatro academias: literatura, ciencias naturales, ciencias políticas y morales, y ciencias eclesiásticas. Todas debían orientarse al estudio de la realidad ambiente con miras a soluciones concretas y de beneficio social. A la Facultad de Medicina se le encomiendan tareas de salubridad nacional. También se le encarga "formar y publicar los métodos curativos que mejor convengan, cuando haya enfermedades epidémicas o contagiosas. Publicar iguales métódos para precaver a los pueblos las enfermedades más comunes o propias de estos países". La creación de uno o varios museos también se atribuye a la Facultad de Medicina; promoverá igualmente la edición de textos didácticos; atenderá a la protección y mejor aprovechamiento de la riqueza forestal de la república. El interés de Bolívar por la institución universitaria se evidencia en la serie de trece decretos que promulga en el quinquenio entre 1824 y 1829. El último de ellos, dictado en Popayán el 5 de diciembre de 1829, asigna a las universidades un papel notable en la gerencia y administración del ramo educativo, vale decir, las funciones que correspondían a las subdirecciones de estudios en los sitios donde hubiera universidad. El celo de Bolívar por la educación a máximos niveles de excelencia no implica, en ningún caso, por su parte, un prejuicio de élite. Criticó y combatió con el ejemplo la falsa idea aristocratizante del ocio y del rechazo al trabajo manual por impropio de señores. Sobre el destino profesional de su sobrino Fernando, vale decir, del hijo que él no tuvo, fue enfático en declarar que si el joven se decidiera "a aprender algún arte u oficio yo lo celebraría, pues abundan entre nosotros 52 LA ESPERANZA DEL UNIVERSO médicos y abogados, pero nos faltan buenos mecánicos y agricultores que son los que el país necesita para adelantar en prosperidad y bienestar" [42]. Al término real de su existencia corpórea, a una semana del que sería día de su muerte, tiene Simón Bolívar un recuerdo enaltecedor para la Universidad de Caracas -esa misma a la que dotó de bienes propios y rentas suficientes para su autonomía-, y es que en su testamento expresa: "Es mi voluntad, que las dos obras que me regaló mi amigo el señor general Wilson, y que pertenecieron antes a la biblioteca de Napoleón, tituladas El contrato social de Rousseau y El arte milítar de Montecuccoli, se entreguen a la Universidad de Caracas" [61]. De esos dos libros, "de un valor inestimable", que resumen y simbolizan las mitades complementarias de su personalidad: guerrero y estadista, pensador y soldado, Bolívar había dicho: "Me serán muy agradables por todo respecto. Sus autores son venerables por el bien y por el mal que han hecho; el primer poseedor es el honor y la desesperación del espíritu humano, y el segundo, que me ha honrado con ellos, vale para mí más que todos porque ha trazado con su espada los preceptos de Montecuccoli y en su corazón se encuentra grabado el contrato social, no con caracteres teóricos, sino con hechos que se comparten entre el heroísmo y la beneficencia" [61]. EL FINAL COLOMBIANO De Venezuela salió Bolívar en julio de 1827 para el tramo último de su destino, que sería también el derrumbe de su creación política. Sus años de permanencia necesaria en el sur fueron el mayor sacrificio de su vida; él estaba consciente de la disyuntiva sin escapatoria: si se quedaba en Colombia y abandonaba al Perú, se perdería todo: allí los enemigos se harían fuertes para el ataque revanchista contra Colombia. Si iba al Perú perdería, como efectivamente perdió, el poder en Colombia; apenas le quedaría la esperanza de que sus compatriotas no volvieran atrás en un camino que tanto había costado. Él aceptó el desafío. En su cruzada, avanzó hasta el Potosí; recibió el homenaje de ser considerado protector de la libertad americana, invitado por los argentinos, respetado por los pueblos como la garantía viviente de la revolución. Esos años los aprovechan los caudillos, encarnados típicamente en Páez y Santander, y muchos otros coincidentes en la misma concepción de "patriecita" y de horizontes mezquinos, para torcer los ideales revolucionarios hacia la mera satisfacción de sus parciales intereses. Bolívar quiere entonces que se haga un examen, para una rectificación a fondo, de las bases de la república. Se atribuye ese trabajo a la Convención de Ocaña. 53 El acuerdo esperado no se logra. La situación evoluciona rápidamente hacia un acto de fuerza que es la "dictadura" de 1828-1830. Sobre esa dolorosa y trágica etapa de la carrera política del Libertador ha circulado una leyenda que procura homologar ese gobierno de emergencia de Simón Bolívar con las dictaduras y despotismos antipopulares padecidos sobradamente en América Latina. La "dictadura" de Bolívar es de la clase y razones de las dictaduras en la república romana. Es un régimen de derecho; espontáneamente se declara provisional, se fija término y se obliga a reunir la representación nacional en fecha precisa: el 2 de enero de 1830. Además, no toma el Libertador la totalidad del poder; el Consejo de Estado impone muchas veces su criterio de cuerpo colegiado, incluso respecto a asuntos delicados que en el orden personal atañían a Bolívar. En lo sustancial, durante esa breve y convulsa coyuntura, el revolucionarismo bolivariano no sufre mengua. Bolívar no se desdice, ni tranza ni negocia, ni echa atrás ninguna de sus líneas cardinales. Antes bien, queda incólume y ratificada expresamente -sobre todosu muy clara posición antiesclavista. Su decisión franca en pro de los indígenas se hace más nítida, lo mismo su actitud colombianista y continental; igual su insistencia en la ética, metas todas a las cuales reafirma con sus decretos y actos de este tiempo crucial. Si se examina con prolijidad y se juzga imparcialmente, la dictadura -nunca "tiranía"- antes que un desliz reaccionario es el postrer intento de Bolívar por impulsar la revolución, sacarla del atolladero y hacerla tangible. A principios de 1830, como estaba pautado legalmente, instalase el Congreso -llamado Admirable por la calidad sobresaliente de sus miembros. Bolívar entrega el mando y, prácticamente, cierra su vida pública. Sus planteamientos son patéticos [97]. Emprende su camino al exilio definitivo, no alcanzará la meta de viajar a Jamaica para situarse en Europa como San Martín. Las complicadas circunstancias del transporte lo detienen en la costa colombiana del Caribe. Allí sabe del vil asesinato de su más fiel compañero, el íntegro mariscal Antonio José de Sucre [99]. Allí se entera de que Colombia ya no existe, pues se divide en las tres porciones tradicionales de Venezuela, Nueva Granada y Ecuador. Su país nativo lo execra y lo destierra oficialmente. La amargura es indecible. El 17 de diciembre de 1830, a la una de la tarde, pasa a la eternidad. Al final, se crece en el perdón. Sus votos últimos han sido por la felicidad de la patria [100]. LA ESPERANZA DEL UNIVERSO CONCIENCIA ÉTICA No se equivocan los pueblos cuando miran a aquel venezolano, caraqueño, latinoamericano, que fue Simón Bolívar, como una referencia moral válida y permanente. Él es el centro histórico, espiritual y ético, de esa nación que pudo ser la más grande del mundo: América Latina -la del río Misisipí hasta el estrecho de Magallanes-, la triple: Hispano-América, Luso-América o Brasil, y el mosaico Caribe que no obstante hablar inglés, francés, neerlandés, danés, papiamento, patois o créole es suma viva de una misma y sustancial realidad. La historia de Bolívar es una enseñanza múltiple. Es particular-mente severo e intachable en su conducta de hombre público. Cierta vez, a la proposición de Santander para apoyar ambos a la compañía que intentaba abrir el canal de Panamá, responde: "Después de haber meditado mucho cuanto usted me dice, me ha parecido conveniente no sólo no tomar parte en el asunto, sino que me adelanto a aconsejarle que no intervenga usted en él [. . .] por mi parte, estoy bien resuelto a no mezclarme en este negocio ni en ninguno otro que tenga un carácter comercial. " En la administración de los dineros nacionales su pulcritud es extremada. El llama "agradable necesidad" al "deber sagrado para un republicano, de dar cuenta de su administración a los representantes del pueblo". Bolívar quiso que la Constitución puntualizara expresamente entre los deberes ciudadanos, el de "vigilar sobre la legítima inversión de las rentas públicas, en beneficio de la sociedad, y acusar ante los representantes del pueblo a los defraudadores de ellas, bien sea el fraude de parte de los contribuyentes, bien de parte de los administradores o del gobierno que las dirige". Así mismo es terco en sostener que "no debe el ciudadano conformarse con no quebrantar las leyes. Es necesario que vele además sobre su observancia, y ponga todos los medios a su alcance para hacerlas cumplir, empleando el ejemplo, la persuasión y la representación a las autoridades, si todos los otros medios fueren ineficaces". El fue un gallardo abanderado en la lucha contra la corrupción administrativa [51, 87) A esta lacra vergonzosa la combatió siempre con drástica intransigencia. Como en un film que no decae, se suceden sus acciones a favor de la moral en la administración pública. En 1813, imponiendo la ética del nuevo orden y defendiendo al único ramo que entonces podía proporcionar algunos recursos a la patria naciente, decreta: "Todo aquel que fuera convencido de haber defraudado los caudales de la Renta Nacional de Tabaco, o vendiéndole clandestinamente fuera del estanco, o dilapidándolos con robos y manejos ilícitos, será pasado por las armas, y embargados sus bienes para deducir los gastos y perjuicios que origine" [6]. Y agrega con rigor: "Sufrirán las mismas penas todos aquellos jueces o personas a quienes por su parte toque aplicar o ejecutar esta ley, siempre que, conforme al modo sumario y breve indicado, se les pruebe haberla mitigado en favor de los delincuentes por connivencia, parcialidad u otra cualquiera causa" [6]. Investido del poder supremo, en Lima, no vaciló en ordenar: "Todo funcionario público, a quien se le convenciere en juicio sumario haber malversado o tomado para sí de los fondos públicos de diez pesos para arriba, queda sujeto a la pena capital" [55]. En esta ocasión, subrayando su rigidez reafirmada en Caracas, dispone a renglón seguido: "Los jueces a quienes, según la ley, competa este decreto, seran condenados a la misma pena" [55]. Bolívar inició rico su carrera política -en 1804 se estima su fortuna en cuatro millones de pesos-. Consume su patrimonio en las vicisitudes de la guerra< De 1828 es su dicho lapidario: "Quisiera tener una fortuna material para dar a cada colombiano; pero no tengo nada: no tengo más que corazón para amarlos y una espada para defenderlos." Después de tres lustros en los cuales tócale manejar, sin más control que el de sus estrictos principios, los erarios de Venezuela, Colombia y Perú, muere en la pobreza. Así declara en su testamento: "No poseo otros bienes más que las tierras y minas de Aroa [adquiridas por sus antepasados] situadas en la provincia de Carabobo, y unas ,alhajas que constan en el inventario que debe hallarse entre mis papeles." VALOR DE LA UNIÓN Para la humanidad entre las más fecundas enseñanzas de Bolívar, en el bicentenario de su nacimiento, están su denodada y absoluta entrega a la libertad, para gloria de la cual él convoca a todos los pueblos, y conjuntamente su certeza categórica sobre el valor eminente de la unión, solidaridad e integración. Un punto alto de la historia americana, obligante y aleccionador en su sencillez, resulta el acuerdo entre los dos grandes conductores de la lucha en Suramérica, los libertadores Simón Bolívar y José de San Martín [36, 43) El 26 de julio de 1822 fue la entrevista de Guayaquil. Aunque distintos en rasgos secundarios, ellos se identificaron como "hermanos de armas, de empresas y de opinión". Sus fuerzas combinadas y sus prestigios sumados depararon al continente americano un tiempo de confluencia impar: Entendimiento solidario y fértil, comprobable en sus resultados reales. Al regresar de la entrevista, San Martín dijo a los peruanos: "Tuve la satisfacción de abrazar al héroe del sur de LA ESPERANZA DEL UNIVERSO América. Fue uno de los días más felices de mi vida. Tributemos todos , un reconocimiento eterno al inmortal Bolívar." Este, por su lado, destacó los puntos resaltantes concertados con el héroe de las batallas de San Lorenzo, Chacabuco y Maipú que dieron independencia a la Argentina y a Chile: eterna amistad entre sus naciones, arreglo limítrofe, federación completa, mancomunidad diplomática frente a España, y la coincidencia en el tema medular de América: primordial-mente San Martín quiere "que todo marche bajo el aspecto de la unión, porque conoce que no puede haber paz y tranquilidad sin ella". La entrevista produjo lo que ambos contertulios esperaban de ella. Ni intransigencia, ni rencor, ni frustración. Ninguna obstrucción ni saboteo. Horizontes abiertos hacia la misma meta excelsa de la unidad en libertad [44, 45) La vigencia de Bolívar para todos los pueblos se patentiza -fuerza es repetirlo-en su denodado y permanente empeño por la unidad. Fue un militante contra los egoísmos. Soldado de la unión. En cada uno de sus documentos capitales este pensamiento es el eje articulador. En el Manifiesto de Cartagena, expresa: "Nuestra división, y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud" [4]. Dentro del Manifiesto de Carúpano, la alusión es precisa: "Parece que el cielo para nuestra humillación y nuestra gloria ha permitido que nuestros vencedores sean nuestros hermanos y que nuestros hermanos únicamente triunfen de nosotros" [ll]. En la Carta de Jamaica, reitera: "Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración" [13]. En el Mensaje de Angostura es repetitivo: "Unidad, Unidad, Unidad, debe ser nuestra divisa" [24]. Al Congreso de Bolivia le señala que sus dos monstruosos enemigos son "la tiranía y la anarquía" [83]. En la Convención de Ocaña recordó: "Ninguna nación se hizo respetable sin la unión que la fortifica" [90]. Ante el Congreso Admirable, su adiós es conmovedor: "Compatriotas: Escuchad mi última voz al terminar mi carrera política; a nombre de Colombia os pido, os ruego que permanezcáis unidos, para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros propios verdugos" [97]. En su última proclama, plantea la obligación común: "Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión" [100]. A Latinoamérica le corresponde -conforme a la previsión de Simón Bolívar y al concepto, metafórico pero veraz, de que "nosotros somos un pequeño género humano"- una aproximación franca hacia las otras zonas de la tierra. Así se debía propender a lo que él avizoraba como un nuevo cuadro equilibrado del mundo. Su argumentación de 1814, bien cabe -con los ajustes de circunstanciales referencias-a este tiempo próximo al siglo xx1: "La ambición de las naciones de Europa [léase hoy: metrópolis imperialistas de cualquier signo y origen] llevan el yugo de la esclavitud a las demás partes del mundo; y todas estas 57 partes del mundo debían tratar de establecer el equilibrio entre ellas y la Europa, para destruir la preponderancia de la última. Yo llamo a éste el equilibrio del universo, y debe entrar en los cálculos de la política americana" [8], NUEVOS HORIZONTES Especialmente para el tercer mundo, ése que surge equidistante, de las polarizaciones excluyentes, Bolívar encarna un mandato vivo. El, a la vez que nos conmina para esa lucha a vida que es la de preservar nuestra esencia contra el asedio de los vasallajes, nos manda a ofrecer nuestra experiencia crítica a esa parte tercera del universo, de la cual somos solidarios en razón de un acontecer difícil, compartido y paralelo, y también por causa de ideales y de insatisfechas aspiraciones afines. Ciertamente, la descripción casi fotográfica que en la Carta de Jamaica ofrece Bolívar acerca del monopolio ejercido por el absolutismo español en esta zona del mundo, se aplicaría nítida y visionariamente a cualquiera antigua colonia en Asia o en Africa: "La posición de los moradores ha sido puramente pasiva; su existencia política era nula. Estábamos en un grado más abajo de la servidumbre. El lugar era el de siervos propios para el trabajo, y cuando más, el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con restricciones chocantes. Quiere Ud. saber cuál era nuestro destino?: los campos para cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón, las llanuras solitarias para criar ganados, los desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la tierra para excavar el oro que no puede saciar a esa nación avarienta" [13]. En las presentes circunstancias de Latinoamérica, dentro de un sistema ecuménico cada vez más interdependiente, conflictivo y sacu-dido, dinámico y cambiante a supersónica velocidad, donde la ciencia y la técnica proporcionan al hombre inesperadas posibilidades de dominio sobre la naturaleza, se impone como deber un plan orgánico y vasto de todos nuestros países para la acción y el desarrollo. El pensamiento y el ejemplo de Bolívar, para eso, para la buena causa del ser americano, y del hombre sufrido de todas las latitudes, puede ayudar a estas patrias fraternas a encontrarse a sí mismas. Nadie aventaja, en efecto, a aquel visionario en la plenitud de su perspectiva, en lo global completo de su enfoque, en la cabalidad de su decisión tras metas certeras y factibles. Su pluma de alta expresividad literaria plasma, para los pueblos y las épocas, el mensaje crudo de amargas vivencias: "Fuimos abandonados por el mundo entero, ninguna nación extranjera nos ha guiado con LA ESPERANZA DEL UNIVERSO su sabiduría y experiencia, ni defendido con sus armas, ni protegido con sus recursos. No sucedió lo mismo a la América del Norte durante su lucha de emancipación. Aunque poseyendo sobre nosotros toda suerte de ventajas, las tres más poderosas naciones europeas, dueñas de colonias, la auxiliaron en su independencia; y sin embargo la Gran Bretaña no ha usado de represalias contra aquella misma España que la había hecho la guerra para privarla de sus colonias [. . .] Hasta los mismos triunfos del grande e inmortal Wellington han sido indirectamente fatales para nosotros, porque el arte de la guerra que los españoles ignoraban, lo han aprendido de aquellos heroicos británicos mandados por el ilustre capitán destinado en un tiempo a libertar la América del Sur. Éstos son los hechos singulares que la historia recordará junto con otros igualmente singulares que sería largo referir. Los Estados Unidos del Norte que, por su comercio, pudieron haber suministrado elementos de guerra, nos privaron de ellos por causa de su contienda con la Gran Bretaña. Sin esto Venezuela sola habría triunfado, y la América del Sur no habría sido asolada por la crueldad española ni destrozada por la anarquía revolucionaria. Nosotros no tenemos más armas para hacer frente al enemigo que nuestros brazos, nuestros pechos, nuestros caballos y nuestras lanzas. El débil necesita una larga lucha para vencer; el fuerte, como en Waterloo, libra una batalla y desaparece un imperio" [14]. Tantos desengaños tienen, para cuantos en verdad escuchan a la historia y de ella derivan enseñanzas válidas para su vivir, un valor educativo insuperable: confianza en las propias fuerzas, y seguridad sólo en la unión de los afines y homogéneos. Es machacona su cátedra sobre la libertad. Nuestros países, altruistas y generosos por índole, románticos e idealistas por razón de su ser, cifran en la libertad un patrimonio preeminente al cual nunca han estado dispuestos a renunciar. Y es que a la libertad -"necesaria y hermosa respiración del alma", en el poético decir de Borges-se ha de condicionar todo y cualquier empeño de justicia tangible. Bolívar, Libertador, no conquistador ni opresor, se inmoló por la libertad. Su revolución quiso ser en el orbe el primer intento magno de un movimiento de libertad integral y, conjuntamente, de contenido económico y social. El insurgió contra el absolutismo, y especialmente contra su peor modalidad: la colonialista, mas para instaurar un sistema popular y positivo que respetara los fueros de la persona humana reconociendo el superior interés colectivo. La lucha bolivariana, sacrificio fecundo a favor de la auténtica independencia, para que ante las agresivas versiones de neocolonialismo que surgen hoy especulando y aprovechando la casual inferioridad tecnológica del tercer mundo, se alerte y concientice a los disímiles pueblos de la gran familia universal marginada, sobre el deber de 59 SIM Ó N BOL í VAR escoger libremente sus fórmulas y definir sus objetivos, sin copiar un modelo de desarrollo ajeno, sólo apto y conveniente para los ya desarrollados. Hoy más que nunca, estamos urgidos de verdadera independencia de criterio, soberanía de espíritu, trabajo esforzado, acción solidaria y claridad de metas, para hacer buena "la esperanza del universo". Puerto de Hierro (Venezuela), 16 de agosto de 1982 60 E X P L I C A C IÓN B I B L I O G R A F I CA La obra escrita de Simón Bolívar, de la cual procede la presente antología, constituye un acervo muy extenso y variado. Cartas, discursos, proclamas, leyes, decretos, papeles diversos, contienen su pensamiento. Esa obra ha sido y es objeto de repetidas y constantes ediciones. Los nombres de Daniel Florencio O'Leary, Francisco Javier Yanes, Cristóbal Mendoza, José Félix Blanco, Ramón Azpúrua y Vicente Lecuna, deben ser citados con honor y justicia entre los más importantes compiladores y divulgadores de los textos bolivarianos. Al respecto, las colecciones documentales de mayor significación son: Memorias del general O'Leary, editadas originalmente en 32 tomos, entre 1879 y 1888, en Caracas. Documentos para la historia de la vida pública del Libertador, reunidos por José Félix Blanco y Ramón Azpúrua, publicados en 14 tomos entre 1875 y 1877, en Caracas. Ambas colecciones fueron dispuestas por el presidente Antonio Guzmán Blanco. Hay reediciones de las Memorias del general O'Leary en 34 tomos (Barcelona, Grafesa, 1981) y de los Documentos pura la historia de la vida pública del Libertador en 15 volúmenes (Caracas, Litetecnia, 1978 y 1979). Las reediciones fueron decretadas el 27 de febrero de 1979 y el 19 de julio de 1977, respectivamente, por el presidente Carlos Andrés Pérez, con motivo del bicentenario del Libertador. Del sabio historiador bolivariano don Vicente Lecuna hay una compilación de 11 tomos de Cartas del Libertador, un volumen de Proclamas y discursos del Libertador, uno de Papeles de Bolívar y dos de Documentos referentes a la creación de Bolivia. Los 13 tomos de las tres primeras recopilaciones -con notas del doctor Lecuna y la colaboración de Esther Barret de Nazaris-han sido parcialmente reunidos en dos volúmenes, en papel biblia, de Obras completas de Simón Bolívar, publicadas inicialmente en 1947 y con varias reediciones. La Sociedad Bolivariana de Venezuela, por encargo del gobierno nacional, conforme a decreto del presidente Rómulo Betancourt, viene publicando una edición exhaustiva de la obra bolivariana con el título de Escritos del Libertador. Hasta junio de 1981 han aparecido de esta colección magistral y definitiva 14 tomos. La misma Sociedad Bolivariana de Venezueia ha publicado 3 tomos de Decretos del Libertador, 1961. 61 La Fundación John Boulton, con la asesoría del ilustre profesor Manuel